lunes, 3 de septiembre de 2012

Los Piratas. Manual para los fieles (sin cuota obligatoria y de asistencia opcional)



Escuchar la radio, a veces sólo oírla, da múltiples alegrías cuando se va a trabajar en coche. Recuerdo la intensidad que percibí en «Promesas que no valen nada», de su disco Poligamia. Encuentros felices y por sorpresa. ¿De dónde había salido ese grupo? En fin, ¿eran de Vigo y yo sin conocerlos? Imperdonable. 

Fue a la altura de la publicación de Manual para los fieles. Es inútil decir que me hice con sus discos. Es inútil decir que Manual es una obra maestra del (perfectamente equilibrado) pop-rock emocional. No es cuestión de decir, es cuestión de escuchar. 

No estoy muy seguro, pero me parece que no había llegado antes a mi discoteca porque este grupo estaba en la categoría de los 40 principales. Caprichos del destino. No hay nada en ellos que se venda por afán. Más bien todo en ellos está a disposición del consumidor de buena música... y si tuvieron éxito y alguien se dejó vencer por los prejuicios típicos del conaisseur (esto es, del snob, o sea, el hipster, es decir...), pues lo siento por él. Soy el primero en usar de los prejuicios según mi interés. Si los tengo, pues al menos que sirvan para algo (por ejemplo, retrasé el placer de Cien años de soledad casi cien años): que el asombro de haberme equivocado me haga un pelín más humilde. 

No fue el caso. Descubrí a este grupo sin saber nada de ellos. Y hoy por hoy, con las impresionantes carreras de Iván Ferreiro y Fon Román, que han continuado procurándome experiencias maravillosas, siguen demostrando que merece la pena encontrárselos en el camino. Si pasas de los treinta, igual deberías empezar con ellos. (Como uno tiene una edad, y ellos también, su madurez me sabe a gloria. Los Piratas son más de cuando éramos jóvenes.) 

Son muy potentes, pasan de una introducción folclórica gallega (claro, es que ni siquiera puedo ser imparcial) a una guitarra gruesa pero contenida y a un mantra medio indio que parece que mantiene el aroma a bosque. Y el estribillo, con la rabia propia del rock. 

Los demonios de la noche ya se han ido. Pero mi coco se electrocuta en la estática de un frigorífico. Piano eléctrico, guitarra funky, ritmos sintéticos. Sí, venga que nos vamos. Mi coco me dice que hoy mi vida entera pasará ante mis ojos. Pero si puede ser, me dará tiempo a lanzar una canción de amor. 

Mahler no sé si está representado en el disco. Hombre, en el título de la tercera canción, no vayamos más lejos, je je, porque no creo que le gustaran las guitarras eléctricas. Las letras continúan en el terreno de las relaciones emocionales y una envidiable poética. Qué bien suena el castellano en el rock, definitivamente. Y qué bien rompen la estructura de la canción para que el clima baje, suene un acordeón y sintamos el gozo de subir de nuevo con un trémolo eléctrico y el cucu-cuchún beatlemaníaco. 

«M.» Sin más letras. Sin más palabras: una delicia. Mi amor se cae el suelo y no se queja demasiado. Pero, por dios, eso es saber lo que pueda ser la poesía en un futuro Partido Anticursi. Las armonías vocales: de ponerse a llorar. Las guitarras... ¡Es que es muy buena! (Hay una versión de Vega, ¿una triunfita, creo?, que me reconcilia con el mundo.) 

No voy a repasar todas las canciones. El disco tiene... ¡quince! ¿Será uno de los defectos de la época del cedé? En fin, rock and roll, amigos. Nuestro matadero clandestino. 

Sólo me gustaría destacar «Te echaré de menos», porque soy un alma sensible; «Tan fácil», porque empuja más los huesos y ayuda a esperar, que no es tan fácil; y «Tristura», porque cierra el ciclo y porque, ya puestos, no tiene nada que ver con el resto. Os galegos..., é o que teñen. 

Con este disco, en mi casa se ha puesto en práctica aquello de: Subir el volumen de los altavoces.

 Fecha caducada
 
 Mi coco
 
 La canción de la Tierra
 
 M
 
 Mi matadero clandestino
 
 Te echaré de menos
 
 Canción para Pris
 
 TR
 Tan fácil
 
 Comarcal al infierno
 
 Mr. Wah Wah
 
 El viaje sideral del pequeño saltamontes
 Tristura
 

lunes, 20 de agosto de 2012

John Hiatt. Bring the family.

Vaya por delante que este disco es una obra maestra, un trabajo de referencia, la piedra angular de la carrera de este cantante. La revista Rolling Stone lo sitúa en el puesto 53 de los 100 mejores álbumes de los ochenta. También que tiene un buen puñado de otros discos de excelente factura y sus trabajos recientes son absolutamente recomendables.

Los músicos que el acompañan son de la más alta alcurnia: Ry Cooder, Nick Lowe y Jim Keltner. Posteriormente formaron un grupo llamado Little Village que no tuvo el éxito que merecía.
Este disco pasará a la historia por algunas de sus canciones, especialmente por “Have a little faith in me” que ha sido versionada por cantantes de renombre y “Thing called love” que fue llevada por Bonnie Raitt a posiciones altas en las listas en los noventa. Fue grabado en el tiempo récord de cuatro días y han pasado justos 25 años desde su publicación. Así que bien merece la reseña.

Hiatt es un músico americano, de voz potente, letras directas que en este disco bordean la tristeza pero sin relamerse en ella, música y arreglos netamente rockeros. Puede sonar perfecto tanto en acústico e íntimo como en potente y marchoso concierto. Había pasado por malos momentos por su adicción al alcohol. Debía estar intensamente presionado, pero no se vino abajo y sacó lo mejor que llevaba dentro. Se levantó después de haber estado tirado en el barro... y sobrevivió. A veces ese pequeño gesto basta para pasar a la historia, para perdurar. Él se conforma con ello, no quiere el éxito, o eso decía en una entrevista reciente, sólo quiere que alguna de sus canciones sea recordada con el paso del tiempo.
Las canciones son variadas, dando al conjunto una rotunda forma, sin aristas, perfectamente pulido. Es tan bueno que no entran todas a la primera, hay que volver a oírlo, en orden, de principio a fin. Eso que ya hoy en día no se hace. Son diez canciones diez y ninguna falla, todas tienen algo.
“Memphis in the meantime” es de sonido clásico, potente, voz algo despreciativa en los finales. Una declaración de principios: “Sure I like country music. I like mandolins. But right now I need a telecaster. Through a vibro-lux turned up to ten”.
“Alone in the Dark” se inicia con un trabajo intenso de bajo y guitarras. Cooder y Lowe. Voz cansina, arrastrada. ¿Ya se ha cansado de cantar? No, no, ahora te lo va a demostrar con potencia. Guitarrazos tremendos de Ry Cooder, añadiendo profundidad a la canción. 
“Thig called love” parece una balada por el título, pero se mece entre las olas del rock. Impresionante. No me extraña que triunfara con Bonnie Raitt. 
Y ahora viene la mía, porque todos tenemos la nuestra en algún disco y esta sí que es una balada, pero que balada señores. La slide guitar de Ry Cooder movida como una vela al viento, llorando lágrimas de las cuerdas, Hiatt casi hablando, recitando con punteos de fondo. A mí también me mata tu amor: “And lord I couldn't tell her. That her love was only killing me. By the end of the day. All her sweet dreams would fade. To a lipstick sunset”.
¿Y la que sigue? Piano y voz eso es todo lo que tiene, parece ser que no llegaron a tiempo los demás para grabarla y se puso él a hacerlo, sin pruebas, sin repetición.  “Have a little faith in me”. Histórica. Sentimiento puro. Si alguien la pusiera en la radio (¿Radio? ¿Qué es eso?) sería de nuevo un exitazo.
Volvemos a la vertiente más cañera con “Thank you girl” iniciando la segunda cara. Aullidos incluidos.
Ry Cooder destaca de nuevo con sus guitarras en “Tip of my tongue”. No encuentro superlativos para calificarla. He sido malo, te he hecho mal con el dorso de mi mente desde la punta de mi lengua hasta el final de la línea.  “Now this house won't say, no. What I'm still rememberin'. Three angry words. And a love that they killed”.
 “Your Dad Did” me sirve generalmente para subir el ánimo de cara a lo que viene.
“Stood up” podría ser la mejor del disco, pero las otras son tan buenas que es difícil destacarla por encima de ellas. Reconozco que hubo una tarde hace años que sólo oí esta, muchas, muchas veces. Una de esas tardes que te darías de golpes con las paredes, que hace un calor insoportable (como hoy) y no le ves salida a tus problemas salvo ponerte en pie y afrontarlos. “But I stood and I’d do it again (Let me tell you)” En mitad de la canción se para a susurrar mientras los músicos se mantienen, parece que improvise la letra. Parece flamenco, tiene “quejío”. Nos cuenta sus penas y problemas y está orgulloso de haberlos resuelto, por eso se atreve a contarlo con cierta superioridad. Fabulosa.
El final del disco tiene un toque country con la bonita “Learning how to love you”. ¿Toque country he dicho? Country de cerveza y puertas batientes, de saloon del Oeste. Así se despide orgulloso nuestro vaquero, Stetson, cinturón canana y espuelas. Ahí queda eso.

No lo he visto en directo pero juro que he de verlo. Le voy a gritar “Maestro” “Torero” y voy a pedirle que dé varias vueltas al ruedo.

martes, 14 de agosto de 2012

TELEVISION - Marquee moon. Lo mejor de no ser punk


Debió de ser en el mismo momento de su publicación: José Mª Pallardó estaba ahí, al quite, en el Clan de la Una. Sonó «Marquee Moon» en 1977 (la canción). Y si no, muy cerca de esa fecha. Era una canción arrebatadora, diferente. Cortante. Violenta. Milimetrada. Desmesurada. Y desde entonces, siempre me han gustado los Television (y Tom Verlaine, y Richard Lloyd, al que me he acercado mucho más últimamente). De todas maneras, mi primer recuerdo de un disco de ellos es ya de 1980, una vez separados (seguramente más bien de 1981-1982). Entonces mi amigo Víctor Alcázar me dejó el primero de Verlaine (y los discos de Television también, creo), así que me los grabé y comencé a seguir su pista. Pero, curiosamente, en casa no compramos sus discos: nos conformábamos con las cintas, a pesar de que estábamos convencidos de lo buenos que eran. ¿Por qué? Supongo que por la dificultad de su música: hermosa, pero desapacible. Me ocurrió lo mismo con los primeros Talking Heads (que supieron nadar y guardar la ropa). En solitario, Tom Verlaine evolucionó desde el magnetismo de Television: se hizo cubista y luego ha acabado en la abstracción de Warm and Cool. Nada que objetar. De hecho, estaba tan seguro de su indiscutible talento que grabé, regrabé y luego compré sus discos. Y ahora puedo decir, después de tanto tiempo, que Television son una banda para disfrutar y no dejar de disfrutar..., que cada uno de sus ángulos es sólo un pequeño obstáculo que hace más intenso el placer (aunque sea un placer poco apto para no iniciados).

Se puede empezar el primer disco y obra maestra de Television por su primera canción, claro, por «See no evil». ¿Por qué no fue este su primer single? Qué manera más tonta de hacer las cosas más difíciles. Si el punk-pop podía ser mejor que los Ramones (o los Rezillos), sólo ésta era la alternativa. Los coros son gozosos, el empuje, irresistible. «¡Así noooo!» ¿Cómo que así no? «¡I see noooo... evillllllll!!!!!!!»

 

 Cuando «Venus» empieza, nos agarra el corazón y estamos perdidos. Venus (de Milo), ojo. Es preciosa. Y muestra que la delicadeza promete más cosas que punk-pop. «Me siento bien en los brazos de Venus de Milo.» ¿¿Cómoorrrrrrr?? No importa que no se entienda nada. Si esta canción no te deja sentado de culo, no sigas adelante.

 

 Claro, en vez de los «brazos» de la Venus de Milo, a mí también me vendría bien algo más de... «Friction». Sí, sí, dale, dale. ¡Dame roce! Pero..., cuidado. Parece peligrosa esa guitarra. Quizá no sea tan fácil calentarse con el roce.

 

 Ummm, si no has venido directo aquí, ya toca «Marquee Moon». Podrás comprobar el increíble ritmo entretejido que forman cuatro músicos a la vez. Parece mentira, pero no tocan lo mismo, cada uno dice su parte, todo se une y... ¡Bingo! Guau, los fraseos de guitarra. Si algo me parece asombroso de esta banda es su capacidad para tejer frases melódicas repetitivas que se meten hasta el tuétano y conducen la canción como un misil. Son originales y variadas, y a la vez se perciben como una evolución del rock and roll.

 

¿De qué habla Tom Verlaine? Ni lo sé, ni me importa. Pero me toma, me suspende y me eleva en perfecta levitación. «Elevation», pura melancolía... Y de pronto, en el estribillo, dolor (Dios mío, ¿qué elevación es esa que da dolor de cabeza?), un ramalazo eléctrico a contratiempo y guitarras que son agujas hipodérmicas. Mala suerte, no todas las historias son bonitas.

 

 «Guiding light» comienza de una forma muy dulce, para compensar. Es casi una nana: frágil, con un piano arrullador. Qué emoción, la guitarra, cuando entra para rubricar la melodía.

 

 «Prove it» es un caso detectivesco. Ellos sabrán cómo se solucionó. Desde luego, es una caso cerrado, de ritmo juguetón, que se quiebra y se multiplica como un choque de átomos. De verdad: «Pruébalo. Sólo los hechos. Es Alto Secreto»: Delicatessen.

 

 «Torn Curtain» es hermosa y dolorosa a la par. Cierra el disco con amargura. Muestra el lado sombrío de una belleza que se deshace en lágrimas, lágrimas que se deslizan como los años.

 

 Cuidado. Este grupo tiene mucho peligro. Quien avisa no es traidor. Quizás demasiados ángulos, demasiados sentidos, demasiadas aristas, demasiado crípticos. Y por eso mismo, indiscutibles, diferentes, asombrosos. Admirables. No me resisto a un bonus con una versión atómica de un clásico de Bob Dylan, ¡una versión que mejora la original! (ya la hacían en 1978, que conste).

 

domingo, 5 de agosto de 2012

Warren Zevon. Un poco de Higiene sentimental.



Llegan las vacaciones y es un buen momento para hacer limpieza. Aprovechar el paréntesis para vaciar reductos emocionales a los que no podemos prestar atención en otro momento del año.  Muy fácil, te sientas frente a un río junto a unas mimosas y miras a lo lejos y seguro que sale todo.

El Señor Zevon ya no podrá hacerlo, murió hace nueve años víctima de un cáncer de pulmón. Cualquiera de sus discos es recomendable, los he ido acumulando en digital durante todos estos años. Os presento éste del año 1987 porque es el único que tengo en vinilo, pero cualquier otro que oigáis no os decepcionará. Inolvidable su disco de despedida de la vida (“The Wind”), en el que colabora una lista interminable de artistas de renombre (tenía una gran reputación entre sus compañeros), que salió editado dos semanas antes de su muerte. El muy cachondo llevaba años luciendo una calavera fumando que cubría sus cuencas con dobles lentes similares a las que él utilizaba. Una premonición que se convirtió en desgraciada realidad.

Mi favorito de él es “Learning to Flinch” de 1993. Una grabación “en vivo” en la que acompañado por guitarra o piano sienta cátedra de lo que es un concierto. Nada de grandes estadios y públicos lejanos. Salas pequeñas y desconocidas en las que retumban los sonidos de los vasos al ser servidas las copas por los camareros.

En casa lo conocimos a raíz de su tercer disco, el “Excitable Boy” de 1978, sobre todo de esa cruda canción interpretada en tono casi alegre por un tipo con cara de no haber roto un plato en su vida. No pudimos seguirlo después porque sus vinilos no se editaban en nuestro país, no se le oía en la radio y no lo conocía ni “el Tato”.  

En “Sentimental Hygiene” se rodea (como siempre) de los mejores músicos, en este caso (entre otros) por componentes de los REM, supongo que alguien vio posibilidades comerciales a esa colaboración y por eso fue editado en nuestro país. Como casi todo lo suyo pasó desapercibido... Peor para todos los que no lo han oído.

La canción que da título al disco cuenta con (ATENCIÓN, ATENCIÓN): Neil Young (menudo solazo se pega el tío), Waddy Watchel y Peter Buck en las guitarras; Jorge Calderón (como siempre) en el bajo; Bill Berry en los tambores y Zevon cantando y al teclado. Pura fuerza, sólo por esta canción vale la pena el disco.

La cosa no se queda aquí, nada de cancioncillas de amorcitos y zarandajas. Una de boxeadores que se matan en el ring (“Boom Boom Mancini”), una historia real de lesiones cerebrales, muerte, depresión y suicidio.  Y la siguiente de trabajadores oprimidos en “The Factory” respirando asbesto, rindiendo pleitesía al patrón para sacar adelante a los hijos. Todo ello con ritmos desenfadados que si no entiendes inglés o no te fijas en la letra te pueden hacer bailar sin reflexionar.  En la armónica nada menos que Bob Dylan.

Le sigue una colaboración con JD Southern “Trouble waiting to happen” ... Ya se ve, un hombre nada optimista.

La cara A se cierra con una balada en mayúsculas, para ésta no se necesitan idiomas sólo oír la guitarra de Waddy Watchel al principio y la lenta voz de Zevon ya estás alerta, pero cuando entra en juego el armonio en las manos de Don Henley (Sí, sí el de los Eagles), ya sabes que es toda una petición de perdón, un juramento marcado con hierro candente. Por eso se titula “Reconsider Me”. El bajo lo maneja Tony Levin.
“And I’ll never make you sad again. 
Cause I swear that I’ve changed since them. 
And I’ll never make you sorry if you’ll try.”

En la segunda cara David Lindley le atiza a la “lap steel guitar” con su habitual maestría en “Detox Mansion”, guitarreos anfetamínicos para una casa de rehabilitación frecuentemente visitada por músicos y todo tipo de artistas, pero ...¿Quién no tiene algún defecto?
 En “Bad Karma” colabora Michael Stipe. Vaya título, este hombre se reconocía como perdedor y se reía con todo el descaro de ello. Admirable. 
 La muy rockera “Even a dog can shake hands” compuesta junto a la plana mayor de los R.EM. es una ácida crítica a todos los personajes que rodean a los artistas y se intentan aprovechar de ellos para su beneficio. Este hombre no deja títere con cabeza.
 “The Heartache” es la otra concesión al amor de este disco. “Sombras cayendo en el sol del mediodía . Sentimiento de tristeza al máximo. Mira lo que pasa cuando amas a alguien y no te corresponden.”
 El disco finaliza con una canción de discoteca, nada de instrumentos rockeros, un estribillo pegadizo y gracioso “Leave my monkey alone” y otra cítrica crítica, en este caso a la paternalista colonización europea del África, mientras de fondo suena “Blancos volved a Europa. Libertad para África”.
Seguro que te lo puedes descargar pero... ¡Hombre, enróllate y gástate unos duros! Que sus herederos seguramente lo merecen. Buen verano y buena suerte.

domingo, 15 de julio de 2012

John Martyn. Foundations. El día que los perros se volvieron locos.


Respeto. Esa es la palabra que me viene a la cabeza para empezar a hablar de John Martyn (no era su verdadero nombre pero así él lo escogió y nadie es capaz de afirmar que el que nos ponen al nacer es realmente el nuestro). 

Respeto porque es un artista de esos que lo reúne todo. Una voz excepcional que usaba sacándole el máximo partido, maestría para desgranar en sus letras historias originales que basaba en hechos y personas de la calle, que alcanzaban el sobresaliente cuando abordaba el terreno intimista. Los arreglos musicales de sus canciones alcanzan cotas que sólo se les permite a los clásicos, fue innovador arriesgando en  géneros musicales más allá de la guitarra acústica del cantautor o los arreglos rockeros inciados por Bob Dylan. Su disco “One world” de 1977 fue pionero en ese estilo. Ese respeto lo tenía bien ganado entre sus compañeros de profesión, siempre rodeado de los mejores y muy apreciado por ellos.

Tuvo una vida complicada, marcada por las enfermedades, seguramente muchas de ellas desencadenadas por las drogas, el alcohol y la mala vida. Dejó partes de su cuerpo amputadas en diversas operaciones (llegó a actuar en silla de ruesdas) y finalmente pagó con su vida la osadía hace pocos años.

Lo conocí a raíz de la crítica de “One world” en una revista, lo calificaban de obra maestra, la portada muestra una ola formando un círculo perfecto en cuyo centro yo creía ver un planeta. La verdad, cuando lo oí en esa época, no supe apreciarlo, seguramente me faltaba cultura musical, las canciones me parecieron recargadas, su voz parecía cansada, no fui capaz de ver la fuerza que contenía, me pasaron desapercibidos los ruidos de aguas y cascadas. Cuando lo recuperé pasados los años lo puede disfrutar de verdad. Desde entonces Martyn siempre está en mi iPod (cosa que no les sucede a muchos).

Entré de lleno en su música con este disco en directo de 1987. Lo compré en “El Corte Inglés” sin pensar, quise darle otra oportunidad en mi vida tras fracasar diez años antes. ¡Que decisión más acertada! En directo este cantante brilla por todos los costados, se exhibe con su voz rodeada por unos preciosistas arreglos. Un concierto para sala de mediano tamaño, para disfrutarlo sentado en mesa redonda, con una pequeña lámpara en el centro y una botella de cava o champagne recién descorchada. Si la sala está acristalada y permite ver las luces nocturnas de una ciudad cercana puedes estar a punto de experimentar una de las situaciones más conmovedoras de tu vida.

El disco se abre con “Mad dog days” de su disco “Sapphire”. Está claro por el título del disco, una piedra preciosa rara y cara. Nada más empezar ya sabes que va a ser buena, introducción con percusiones y saxo, se abre el estuche que contiene la joya y sale su voz.

“You don't see my dream, I don't see your romance
You make me feel like a dancer, but you don't care to dance
You see me hit the bottle, you hit the sack
I go ratbag racing on the flat of my back.”

¿Estás preparado para llorar? ¿Para sentir escalofríos de tristeza propia y ajena? ¿No? Salta la siguiente canción porque no podrás aguantar. Llega “Angeline” y su inicio ya anuncian el lamento desesperado que contiene. “Angeline ¿Oíste que estuve bebiendo?, ¿Te contaron que lloré?. Oh Angeline, dime en que pensaste cuando me viste tocando en la fría luz de luna.” De lo mejor nunca escrito y compuesto. 

Los tímpanos no se han recuperado todavía cuando el tono da un giro en “The Apprentice” escrita sobre una persona enferma que encontró en un pub de Londres. Los músicos aquí se emplean a fondo porque la voz lo exige y guitarras, percusiones y metales sacan un brillo excepcional a esta pieza única. 
Sin más descanso que los golpes que dan la cuenta atrás comienza otra de las canciones más aclamadas por el público “May you never” del disco “Solid air” de 1973 dedicado a su amigo Nick Drake que en esa época pasaba por un mal momento que desembocó en su muerte por sobredosis de antidepresivos.

“May you never lay your head down without a hand to hold. May you never make your bed out in the cold.”
 Una tregua para el público y desciende nuevamente el ritmo con la preciosa “Solid air” que en la copia original de vinilo no está. Apareció en una “Collector series”.  ¿Quién decidió no incluirla? Es uno de los momentos álgidos del concierto. Él la anuncia “For Nicky this one”. ¡Qué difícil debe ser vivir y respirar en aire sólido!

“Deny this love” es una canción que estrena en este álbum (igual que “The Apprentice” y “Send me one line”) no desentona en absoluto con las antiguas. Ritmo que si se acelerara un poco podría hasta haber entrado en una discoteca. A ver si alguien se anima y la versiona. Tendrá éxito.

El piano eléctrico y el bajo abren la cara “B” con una de sus mejores canciones de amor “Send me one line”. Si yo hubiera sabido cantar me hubiera gustado cantársela a alguien. El solo de saxo es hermosísimo.

“I know we never meet, I know you understand
Every shade of love and every dream I have to hide
With every day that slips away, I read your name again
And I try to push away the pain inside”

Un giro argumental declarando que es “John Wayne” un sueño que todos los de nuestra generación hemos compartido de niños. Misteriosa y con aromas orientales.  Le sigue otra con “Johnny” como protagonista “Johnny too bad” de su álbum de 1980 “Grace and Danger”. Me recuerda a alguna de las canciones de carretera del “Nebraska” de Springsteen. Asesinos que acechan en la autopista con malas intenciones.

El disco de vinilo lo cierra una versión. El cantante recrea “Over de rainbow”, la saca de la suavidad exagerada de algunas de las habituales voces de soprano y le aplica tratamiento de choque y si no fuera por la letra la deja irreconocible. La rompe y la recompone transformando una niña inocente en mujer adulta y ardiente. 


En el vinilo también está ausente “Sweet little mistery” que cierra el concierto en la versión de “Collector series” .  Otra de esas canciones de amor para solitarios abandonados que de vez en cuando hay que rescatar.

“Just that sweet little mystery that breaks my heart
Just that sweet little mystery makes me cry
O that sweet little mystery that's in your heart
It's just that sweet little mystery that makes me try.”

¿Qué pasa? ¿Qué no lo conocías? ¿Qué tiene un nombre vulgar y no te parecía interesante? Pues tú te lo pierdes si no sales corriendo a buscar cualquiera de sus discos para disfrutar. Yo lo voy a volver a poner... voy a repetir de inmediato estas dos del final.

jueves, 12 de julio de 2012

Cristina Lliso. Si alguna vez... vuelves a Barcelona, no te olvides de mí



Esta es una carta urgente enviada a lo desconocido.

Después de hablarlo varias veces con mi hermano, he tomado por fin la decisión de abandonar (no definitivamente) los discos míticos del ayer y pasar a descubrir algo que pertenezca a la actualidad o a un pasado reciente. Ha sido una decisión obligada por las circunstancias, es decir, por la confluencia del poso de lo vivido y la ilusión de nuevas fronteras. Ha sido el disco de Cristina Lliso lo que me ha hecho comprender hoy que no sólo de recuerdos se vive, sino de la propia vida que cada día sale rodando. 

Nunca antes había estado tan seguro de algo: las canciones necesitan ser escuchadas, y el inglés, para qué engañarnos, puede ser un problema. Cuando escucho las letras de Cristina Lliso, la experiencia y el placer se multiplican (como ocurría con Nacha Pop o con El Último de la Fila). Por supuesto, está el ambiente, la conexión a flor de piel, el embargo de sentimientos. Para eso no hace falta letra (si no, ¿cómo nos hicimos incondicionales del rock?). De hecho, eso ocurría a veces con Esclarecidos (su grupo de los 80 y 90), con los que hasta se hizo un concurso en Radio 3, a ver quién podía descifrar la letra de «Chop-suey». Pero sin duda el lenguaje, aunque apenas sean palabras lanzadas al corazón, hace que las canciones vuelen más alto. 

El reciente disco de Cristina Lliso me ha iluminado durante horas en este momento. Y ya puedo decir que será un disco que perdurará en mi discoteca, porque encima ha sido un reencuentro. Hacía muchos años que se hallaba retirada del negocio, a su aire. Y ahora nos saluda desde la lejanía, y nos lanza un disco de playa, un testigo de los años que la han curtido y la han hecho más sabia. Un disco de playa porque su producción es cristalina, fresca, propia de una soledad de verano. Y un testigo histórico porque quedará escrito que en 2012 se publicó una obra maestra de la música en castellano. 

Me recuerda, por cierto, el disco de Espido, el dúo gallego que salió de una excrecencia de Berrogüetto. Dios mío, qué injusticia. ¿Por qué parece que nadie sabe quién es Guadi Galego y Guillermo Fernández? ¿Por qué una obra maestra como Benzón, el disco en solitario de la primera, parece que haya pasado sin pena ni gloria? Al menos yo no me he enterado de su alcance. En fin, que no pase lo mismo con este de Cristina Lliso. 

«No viajas sola». Umm. Las escobillas. Suave trote, casi al paso (por la templanza en la voz de Cristina). Ese timbre grave, cazallero, de gran fumadora. Acogedor, cercano, cómplice.

 

«La duna de Pile» es una belleza. La producción musical asoma para trazar delicadamente tonos de color. Suso Saiz, menudo genio, menuda trayectoria musical (¡viejos tiempos!: cuando mi amigo Alberto me ponía sus primeros cassettes). 

«En otro mundo» es una canción cuya letra lo es todo. La música apenas es una excusa: un fondo de telaraña de guitarra que se mece en un ritmo ternario.

«Hola, amor» comienza con una especie de maravillosa caja de música que me recuerda a la Orquesta de las nubes. Y luego, la melodía crece a ritmo trotón hasta que es absorbida por nuestros tejidos. Magistral. Para siempre.

«Entre copas» es como una vieja melodía de los Esclarecidos. Pero ahora la concepción musical está muy concentrada. Nada puede sobrar. Nada sobra. Se alcanza una claridad que me recuerda la experiencia del concierto en la Sala Apolo (años ha), cuando presentaron Dragón negro. Una epifanía. (¿Alguien estuvo allí? ¿Alguien lo recuerda? ¿Nadie sintió una especie de comunión colectiva que hasta me puso el vello de punta?)

«Árboles». ¿Qué pasa cuando una canción es perfecta? Como si Vainica Doble y Jorge Drexler se dieran la mano. 

«Mirar la luna» parece otra vieja conocida: Mujer, qué alegría. Ven, ven, ven. Abrázame el alma.

 

«Otro día» es tan buena y tan cierta que hace daño. Con ésta queda demostrado que este es un disco dulce como un guante de acero. 

«Para qué prometes»... Pero si es que no hay ninguna floja. No la hay, todas son buenas. No, no: todas son buenísimas. Me gustan los coros del disco, de verdad. Y si no, para muestra un botón. Pero... ¿y si soñáramos con algo más negro, más mixto, más... Roxy Music? Uf, me pongo cachondo... De verdad, el final de esta canción es bellísimo... Pero, puestos a soñar: ¿Y si lo hubieran alargado ad infinitum como cuando Robert Wyatt o XTC se ponen estupendos y emocionantes? 

«Viernes». Fin de fiesta. Ironía, cómo no. Y un toque a lo Rosenvinge para que se vea que en realidad ya lo hacía Cristina. Gracias a Dios ya llega el viernes, gracias a Cristina Lliso y gracias a Suso Saiz y demás responsables subsidiarios.

Qué 34 minutos más bien empleados. Qué gusto volver a poner el disco. 

Claro, como es novedad, la muestra de vídeo es limitada, pero he aquí el disco entero en estrimin:

 http://www.rockdelux.com/audio-video/p/cristina-lliso-si-alguna-vez.html 

Y de regalo, una canción que me pone al borde de las lágrimas, tan sentida, tan bien interpretada (homenaje a Enrique Urquijo de Los Secretos): «Cambio de planes».

 

martes, 26 de junio de 2012

Dire Straits. Communiqué. Más allá del sultanato del swing.


Para escribir sobre  los Dire Straits lo obvio hubiera sido escoger su LP de debut, pero me gusta lo difícil y hace mucho tiempo decidí que si escribía sobre este grupo lo haría sobre este disco. ¿Por qué? Muy fácil porque es muy bueno y ha sido siempre infravalorado en comparación al éxito del single de su primer disco.

La realidad es que los de Mark Knopfler no debutaron con el laurel arrollador que haría suponer lo conocida que es la canción “Sultans of Swing”. De hecho ¿Alguien se acuerda de alguna canción más de ese primer disco? Me gustaría hacer una encuesta y estoy seguro de la contestación... Casi nadie salvo sus fans más adictos. Les costó unos meses romper hacia lo alto y el gran éxito mundial no les llegó hasta “Brothers in arms”.
 El disco que nos ocupa es el segundo de su escasa discografía y quizás vio la luz de forma algo apresurada para aprovechar el tirón en los USA tras la edición de la canción de los sultanes y como era más de lo mismo, aunque vendió mucho, supuso un aparente bajón musical (para la crítica) en una carrera que apuntaba meteórica. 

El disco abunda en los mismos argumentos que el primero pero sin una canción con la popularidad que tuvo su primer sencillo. De hecho podríamos hacer una comparación entre todas y cada una de las canciones del primer larga duración y el segundo y podríamos emparejar unas cuantas con gran facilidad. “Sultans of swing” con “Lady writer”; “Once upon a time in the west” con “Down to the waterline”; “Follow me home” con “Six blade Knife”. La diferencia fundamental, para mí, es que salvo en el caso de la primera, el resto son mucho mejores, en composición, arreglos y madurez, en el segundo disco que en el primero.
 El sonido de este disco es netamente americano. Característica que ya no abandonará a este grupo ni a Mark en su carrera en solitario. Por ponerle una pega, me recuerda mucho a algunas piezas de JJ Cale (Juan ¿Para cuando un disco de él?) pero él hace mejor lo de estar tirado en una hamaca o mecedora tocando indolentemente la guitarra. La conjunción de las guitarras de los hermanos Knopfler es extraordinaria y en el estéreo suenan de lujo, la batería de Pick Withers que en el primer disco no destaca en exceso, es contundente y marca el ritmo sin titubeos desde el primer acorde de “Once upon a time in the west” que abre la primera cara.
 En “News” y “Where do you think you’re going?” surgen dos de las mejores canciones de los de las “situaciones desesperadas”. Guitarras afiladas, redobles de tambores a medio tiempo que desembocan en un final en crescendo especialmente en la segunda. “Come on” y aparece la “mala leche” de las dos guitarras, cada una por su altavoz mientras retumba la batería y el bajo se hace presente con el final disolviéndose a lo lejos el conjunto. Dejándote con ganas de más.

“Communiqué” es más una canción de cabaret que de rock, demostrando el gusto, que Mark va a deletrear en sus discos en solitario, por otros estilos. Singular y original y... probablemente algo decepcionante para sus seguidores. A mí con el paso de los años me parece una obra maestra.
 “Lady writer”. Las comparaciones son odiosas, pretendió ser la continuación de su éxito en las listas y no lo consiguieron. Probablemente la más prescindible del disco aunque me sigue gustando. 

La siguientes cuatro canciones de la cara “B” son impecables. Me gustan especialmente “Portobello belle” (piano, piano) y “Single handed sailor”. Guitarras perezosas aderezadas con el calor de un porche en el sur de cualquier país o estado. Una delicia para una noche de verano. Aceleraciones y suaves toques de frenos para hacer mover rítmicamente los hombros. Mojito, hamaca y brisa para bajar la temperatura... No te digo nada si alguien te acompaña.
 Otro detalle interesante. El disco es corto, un poco más de cuarenta minutos. Suficiente para disfrutar sin cansar. Anímate a recuperarlo. Hay vida más allá de las obviedades musicales. Sube el volumen, los vecinos te lo agradecerán... Está de oferta.
 “But she is no garden flower. There is no distress in the tower.”