martes, 27 de mayo de 2014

YO LA TENGO. Hipnosis hertzianas (y aterciopeladas)




Me acuerdo de que una vez en la radio (como siempre que suceden ciertos encuentros felices) escuché bien entrada la noche dos canciones hipnóticas. Fue allá por los primeros años noventa. Quedó en mi recuerdo el nombre de Yo La Tengo (y el de otro grupo que jamás he vuelto a oír: The Drop City). Y estuve un tiempo buscando por la senda del azar, hasta que me compré dos discos a buen precio: May I sing with me y Electr-o-pura. Dos grandes discos, sobre todo el segundo. Me parecieron inmensos, pero no estaba seguro de que allí estuviera lo que había escuchado.
   
Años después, no muchos, y ya en el período del cedé, me hice con And then nothing turned itself inside-out, y comprendí que sí, que por fuerza eran el mismo grupo, pero que no había dado con el disco de aquella noche en la radio. Las guitarras de los vinilos, el salvajismo y el dramatismo, se habían convertido en susurros oníricos en el año 2000. 



Una obra maestra. Me acompañó muchos meses en muy distintas ocasiones.
   
 Y yo teorizaba, informándome, sobre cuál podría ser el disco que había escuchado entre todos los que ha hecho el grupo (entre ellos, un recopilatorio a precio irrisorio y de retribución inconmensurable: Prisoners of love, un triple cedé recopilatorio, además de caras b y outtakes).
   
 Y al final he llegado a la conclusión de que debió de ser Painful. La portada, la primera canción, la serie de composiciones perfectamente colocadas para acompañar al solitario urbanita. Tiene que ser ése.
   
Me parecen un ejemplo de lo que deberían ser los sobrinos de la Velvet Underground: ciudades en la noche, luces que destellan en medio de carreteras que llevan más allá. Tormentas eléctricas con menos carga freudiana y más intensidad pop. 



En algún momento a esto le llamaban noise, o shoegaze, o... A mí los noventa me pillaron de refilón, cansado de descubrir nuevos grupos y dando muy pocas oportunidades. Pero cuando uno se encuentra con esto, no puede dudarlo. Es música para acompañar toda la vida. Una banda sonora de las emociones. 

No les he visto nunca en directo, y eso que han venido a Barcelona varias veces. Pero creo que he hecho bien. Me parecen un grupo de habitación de enfermo. Música para lamerse las heridas. Y se dejan picotear con gusto. Son perfectos para mezclar sus discos, para ponerse sólo las baladas, para ponerse sólo las ruidosas, para no escucharlos y que acompañen las tardes de invierno. 

Tú la llevas. Espero que la aproveches.

domingo, 27 de abril de 2014

Martin Stephenson and The Daintees - Gozosa y azul primavera

Probablemente no es el mejor, aunque sí el más aclamado de los discos (por lo menos el que mejor posición alcanzó en las listas) de este simpático inglés. Es el único que tengo en vinilo, mi hermano tiene todos los demás. Yo al menos tengo otros dos en cinta de cassette. Es de la época en que mi hermano estaba en la cresta de la ola de todo lo último. Tenía (y tiene) un especial olfato para los músicos de calidad, los detectaba (y detecta) como un cerdo a las trufas (con perdón). Aunque estén escondidas en el espesor de la tierra, cerca de las raíces del árbol, señala hacia ellas sin dudas con el hocico.

Yo ayer le quería sorprender con el disco de Ruarri Joseph y él asentía, sonreía con esa cara de pillo que se le pone algunos días y le hace más joven, más niño, y me dijo. "¡Que bueno! Me recuerda a Martin Stephenson and the Daintees." Ahí me desarmó. Me dí cuenta de que muchas veces algunas canciones, discos y artistas nos gustan por lo que nos hacen rememorar. Recuperan sentimientos antiguos guardados en cualquier rincón y por eso nos enamoran, porque nos recuerdan a algo o alguien muy querido.

Y es que la música de este artista y sus acompañantes tiene la belleza y la sutileza de lo natural, de los paisajes puros, tranquilos y poco explorados. A la primera escucha parece uno más de entre esos trabajos de folk-pop. Música de raíces actualizada, pero ¿de qué raíces? Sinceramente, no me importa. Porque de forma aislada cada una de sus canciones podría dar lugar a diferentes respuestas. Me importan las sensaciones que deja. De brisa primaveral, de mañana iridiscente, de aroma a agua y hierba. ¿No os pasa que a veces una canción tiene olor y color? Pues este disco está lleno de olores, colores y ambientes. Suena a granja, a establo, a iglesia, a bar y a fiesta, pero sobre todo suena a naturaleza. Y al mismo tiempo las canciones son delicadas, exquisitas, elegantes y refinadas (haciendo honor al apellido del grupo que le acompaña).

Dentro del conjunto de la grabación destacan, para mí, dos o tres canciones, pero no pienso recomendaros ninguna en especial, cada cual que busque las suyas. Las composiciones de este disco parecen fáciles y poco complejas, pero se disfrutan mucho más en la segunda o tercera escucha cuando aparecen muchos más matices a la superficie. Aquí tenéis todo el álbum en bandcamp.

Y sobre todo, no dudéis en poneros con cualquiera de sus cuatro primeros discos, (el resto no los he oído o sea que no puedo opinar). Os aseguro unas cuantas horas de disfrute. Ahora estoy oyendo el "Salutation road" y alcanzando unos niveles de gozo extraordinarios.


jueves, 24 de abril de 2014

Rickie Lee Jones. La palabra vive en la música




El 16 de mayo de 2007 estuve con un par de buenos amigos en concierto que ofreció la gran Rickie Lee Jones en Barcelona. Iba con la esperanza de mantener el arrobo que me había proporcionado su disco: The sermon on the exposition boulevard. ¿Cómo había llegado al disco? Ya no me acuerdo. Probablemente curioseando en alguna tienda encontré la edición limitada. Era muy atractiva: el disco, un dvd del making off, un libreto con amplia información, fotos... ¡Y era Rickie Lee Jones, una de mis preferidas! ¡La que salía en la contraportada del Blue Valentine de Tom Waits!

Hacía varios años que le había perdido la pista a esta buena señora. Pero para mí era desde luego una fuerza de la naturaleza. ¿La había descubierto con The Magazine, en 1984?
 
Quizá, pero el caso es que recuperé rápidamente sus tres primeros discos (dos elepés y un epé) y continué con el quinto (Flying Cowboys), y luego (ya en formato cedé) con los siguientes, hasta Naked Songs. Pero en ese momento me había cansado un poco (¿quizá ella también, y eso se notaba?). Me había cansado de seguir su carrera, pero no de seguir escuchando sus cinco primeros discos, puesto que la pasión que me había encendido estaba lejos de apagarse.
Pasaron los años y se produjo el milagro. La magia volvió. (La magia no se había ido nunca de la huella viva que ha dejado en sus discos, pero volvió en forma de renovación personal.) Comprar un disco de un artista en el mismo momento en que es editado. Comprobar su estado espiritual. Sentir con él. Volar con él. Esa es la magia que me atrapó con el sermón del bulevar. Esa magia que te hace desear tener su teléfono y llamar para darle las gracias. Bueno, eso no fue posible. Pero en mayo de 2007 pude hacerlo mientras aplaudía a rabiar en su concierto. No puedo olvidar el momento en que cantó «I was there» (no podéis imaginar lo que es esta canción, no lo podéis imaginar; es...) y le gritó al guitarrista, así de pronto, que la iban a hacer en Re (la original del disco está en Sol). Era una urgencia. Necesitarlo y hacerlo. Sentí que no era capricho. Sentí que estaba siendo testigo de algo grandioso, como si se hicieran las canciones a sí mismas, de nuevo, delante de mí, y como si los artistas y el público estuviéramos compartiendo con asombro la misma maravilla.

Eso es lo que buscamos en la música. No lo dudéis. Aparte del entretenimiento más inmediato, y de la fuerza física del baile. Buscamos el éxtasis.

Gracias, Rickie Lee.

Este disco (del que tan pocas canciones hay en el tubo, pero ya no aguanto más sin hacer esta entrada en el blog; me cito a mí mismo: «Tampoco es que sea tan importante que todas las canciones de un disco estén ilustradas por vídeos, pero The Sermon on the exposition Boulevard, una obra maestra como la copa de un pino (una obra de arte que trasciende la mera forma de un disco), merecía mucho más (y eso que Rickie tiene varias obras maestras).» ), este disco nació de un proyecto de Lee Cantelon. El hombre quería grabar una versión recitada de su versión de las palabras evangélicas de Jesucristo. Eso digo yo: ¡Jesucristo! Bueno, parece que era un proyecto muy callejero, con bajo presupuesto, pero con muy buenas ideas. Le pidió a Rickie Lee que leyera. Y Rickie Lee le pidió que la dejara cantar y... «Nobody knows my name» a la primera toma. De hecho, la mitad del disco fueron primeras tomas. Algunas simplemente increíbles, milagros de inspiración.
 
Rickie reinterpretó las palabras del libro de Cantelon y creó las canciones, junto con él y Peter Atanasoff. Se transformó en un disco de Rickie, al menos, la mitad de él. Ella se comprometió con el mensaje espiritual, con el intenso deseo de conseguir que la palabra viva en el corazón de las personas. Se confiesa de izquierdas, y no cree en una sola religión. Tampoco pretende evangelizar a nadie. Pero buscaba expresar lo inexplicable siendo ella misma.
Es un disco de marcada diversidad con respecto a su estilo más hegemónico. Es mucho más rock, y también mucho más folk. Es... una obra maestra que espera el oído que la merezca.
En el concierto, en 2007, me encontré con una señora mayor, no con la estupenda novia de Tom Waits. Pero la señora, amigos, ardió en el escenario. Se entregó. Hizo que el tiempo tampoco pesara sobre mí (que ya me acerco mucho a un señor mayor). Gracias, Rickie Lee.

viernes, 11 de abril de 2014

Walkabouts. Un viaje espiritual por caminos ancestrales


¿Quién son los "walkabouts"? Yo diría que son unos merodeadores. Unos caminantes con rumbo circular, vienen y van y, mientras se dirigen a su destino, se permiten el lujo de admirar el paisaje desde los altozanos, de conversar con los ancianos, se sientan en los porches de sus casas a escuchar sus ancestrales leyendas y luego van de pueblo en pueblo interpretando romanzas y cantinelas, transmiten noticias y hacen soñar y volar a los que están detenidos. ¡Como no! Despiertan envidias y ganas de seguirlos, se crean acólitos y enemigos sin haberlo pretendido. Las autoridades los podrían acusar o perseguir por brujos.

Parecen europeos (yo siempre lo he pensado por sus apellidos hasta que leí su biografía) pero son americanos. Podrían ser australianos por su nombre que recuerda ese tránsito deambulante de los aborígenes de las antípodas, en el que buscan la comunión con el tiempo, con la tierra y los elementos. También por su música que me recuerda a la de los Triffids. Sus títulos y las portadas de sus discos siempre evocan viajes, tránsitos con frecuencia nocturnos como los de este disco.

Su estilo es sencillamente inclasificable, y si alguien les encuentra escudo y colores a mí no me importa. No entran a la primera (salvo excepciones), hay que escucharlos, hay que insistir, pero cuando llegan se quedan de forma permanente.

Ni idea de como los descubrí. Diría que este es el primer disco que compré, probablemente los escuché en alguna radio una noche de insomnio, mientras velaba a algún enfermo, de esas que luego cuando coges el sueño parece que lo que oíste o pensaste queda envuelto en la misma nube onírica. Nunca sabes distinguir lo real de lo presentido. Casi siempre esas horas luego parecen minutos. Eso pasa con sus canciones, surgen de una neblina oscura, que poco a poco se va aclarando pero nunca es nítida del todo.

Los temas son interpretados por voz femenina o masculina o por ambas. Las dos de fuerte personalidad. La de él con un toque claramente de barítono, francamente inquietante, suena a admonición, a severa advertencia. Esto no es un juego. Ella me recuerda a una Stevie Nicks más misteriosa, como si cantara tras un velo o una tela de araña, igual de compleja que la tejida por sus melodías. Las guitarras suelen sonar lejanas, en segundo plano, detrás de los teclados, las cuerdas e incluso los instrumentos rítmicos.

Podría decir que el disco va a más. Es mentira, siempre tiene el mismo nivel de calidad, pero produce cierto desasosiego inicial y hasta que no te acostumbras a tener todo el rato la piel de gallina no notas el placer que produce tal nivel de seriedad. De hecho ellos son conscientes de despertar esas reacciones y alternan esos momentos de seriedad extrema con algún momento de lirismo incluso dentro de la misma canción.
Incluso alguno de los temas tiene alguna pincelada "comercial", asequible a cualquiera, como si quisieran ser más pop, algo menos sofisticados. Simples fuegos de artificio para acercarse algo a las masas, pero rápidamente vuelven a juguetear con las arritmias, a elevar el potenciómetro de excitación cardíaca. A revolotear en ese sueño superficial de la madrugada en el que te despiertan los pensamientos de otros, esas fuertes premoniciones de encuentros, ese preciso momento en que las madres abren los ojos antes de que llore o se queje un hijo, o se evocan los amantes imposibles separados por miles de kilómetros cuando les crujen los pensamientos como si fueran rayos.

En definitiva, un disco claramente nocturno, para escuchar con las luces apagadas o como mínimo con los ojos cerrados. Son claramente "pájaros nocturnos", merodeadores, aves rapaces, de poco trino y mucho tino. Ustedes los disfruten y... no se corten, comenten que nos gusta, que nos apetece... Si es que hay alguien que nos lee. Saludos



lunes, 31 de marzo de 2014

Fleetwood Mac. Aquellos pioneros de Then Play On




En un pasado no tan remoto, pero que a mí me da vértigo, existió un intento de comercializar los mejores discos de rock. Eran los últimos 70. Lo hicieron todas las casas discográficas. Y de Hispavox fue la Serie Pioneros, que es la que a mí me llamó la atención. Para mí, es una colección mítica. Se suponía que publicaban los mejores discos de la historia de la música rock. Así, a bote pronto, en casa estuvo representada por la Incredible String Band, The Stooges, MC5, me suena que Iron Butterfly... (todos en forma de préstamo).

Eso sí, en aquella época había gente preparada que podía ver la misma jugada desde otro punto de vista, y con toda la razón: «La (serie) de Hispavox (...) resulta casi delictiva. Es una pequeña muestra del apabullante catálogo de que disponen y que en su momento representaba un tanto por ciento importante de la música que se hacia por el mundo: Tim Buckley, Buffalo Springfíeld, Paul Butterfield, The Dillards, Dr. John, Family, Gratefull Dead, Country Joe Mc Donald, Randy Newman, Tom Paxton o tantos otros que o no salieron nunca o lo hicieron parcialmente para ser retirados de forma casi inmediata.» JOSÉ MANUEL COSTA 16 MARZO 1978 (El País)

En efecto, en España nada salía a su debido tiempo. (De ahí los jipis tardíos. De ahí el atracón de la movida.) Pero no me arrepiento de haber cantado «Eva María se fue» mientras jugaba en el lavadero de mi casa.

En fin, y recuerdo perfectamente, que en esa colección salió el Then Play On, de Fleetwood Mac. No sé si llegamos a escucharlo (mi hermano se acordará). A mí me gustaba la portada, pero no entendía qué tenía que ver con Rumours (recordemos que en España pasaba eso, precisamente, y... ¡magia potagia!, uno se encontraba al mismo tiempo en 1969 y en 1977). Siempre me pareció un disco misterioso.

En fin, pasó el tiempo. En realidad, seguí sin saber nada de los Fleetwood de Peter Green. Seguramente había oído «Albatross» (su single de mayor éxito) en la radio. No sé si me constaba de qué grupo se trataba. Recuerdo vagamente que esa melodía me sonaba familiar. Sin embargo, no se me ocurrió asociarla al rock. Mucho después, cuando descubrí de dónde venía (mucho después), me pareció una obra maestra de la música instrumental. Simple, hermosa, limpia.

El caso es que ahora me apetece dibujar un cuadro de ese gran grupo perdido en la confusión de la Historia. Y me apetece empezar por este single para poder llegar al elepé.

 Albatross
 

Jigsaw Puzzle Blues. Esta es la cara B del single previo a Then Play On.
Mientras tanto, compramos un disco de la etapa intermedia del grupo: Mystery to me, en la que sobresalían Bob Welch y Christine McVie. Gran disco. Se nota el intento de hacer algo más comercial.

Y mientras tanto, en los últimos 70, me hartaba de escuchar el Rumours en la radio (grababa todas las canciones que podía en el casete); escuchaba con interés los éxitos de Bob Welch («Two Hearts for the Tango»), y me sentía muy interesado por un guitarrista que decían que había pertenecido a los Fleetwood Mac y que bajo el nombre de Peter Green sacaba su primer disco en años: In the skyes. Música muy sugestiva, voladora (aunque se pueda considerar un disco menor).

He aquí el single que sacaron después de Albatross (y que tampoco está en el disco original).

Man of the world
 
 Somebody's Gonna Get Their Head Kicked In Tonite
No hace tanto (pon que diez o doce años), me decidí a comprar un doble cedé recopilatorio de la etapa de Peter Green, Jeremy Spencer y Danny Kirwan. Me quedé estupefacto. Amigos, siempre he sido un gran fan de los Allman Brothers, y jamás, digo jamás, había escuchado a un grupo que le llegara a la suela de los zapatos en el terreno del blues-rock más arriesgado (más jam, dicen hoy; a mí me parecen, sencillamente, más ricos). Y por fin lo había encontrado. Fleetwood Mac. Black Magic Woman (sí, sí, pero yo sólo conocía la versión de Santana), The Green Manalishi, Rattlesnake Shake, Albatross... Bueeeeno, no es que tengan tanto que ver con los Allman, pero eso fue lo que se me ocurrió entonces (lo juro). Y la destreza con las guitarras merece la comparación.

Entonces me informé mejor. Y me enteré de cosas que siempre habían flotado: el protagonismo de Peter Green al sustituir a Eric Clapton en el grupo de John Mayall (haciéndolo igual o mejor), la gloria blusera, el descontrol con las drogas, la desaparición de los medios, la tímida vuelta, el Splinter Group... Ojo, que tengo algunos conciertos en deuvedé del 2003 y el tío va como perdido..., pero toca, ¡vamos que si toca! (y canta poquito, eso sí, como un pajarito).

¿Y qué se atrevían a hacer con Then Play On? Pues, precisamente, a incrementar la paleta musical, a usar las guitarras de palo como si fuera música clásica, a cantar como si no fueran brutos y melenudos, sino como si fueran ángeles melenudos. En fin, eran muy jipis, al parecer. Buen rollo, colega, pásame el joint, ¿has probado estos hongos?

La cosa acabó con conversiones religiosas, internamientos en instituciones psiquiátricas y una transformación del grupo hacia el pop que dentro de cien años dará lugar a una novela (El misterioso palimpsesto de Fleetwood Green).

He aquí sus dos últimos singles, justo después del elepé.

Oh Well (part 1)
 
 Oh Well (part 2)
 
¿Qué música está sonando? Blues-rock, sí. Pero con una seguridad en el despegue instrumental, con un despegue de los cánones, que me deja asombrado. Y luego, esas guitarras que pretenden dibujar un espejismo, que no se acaba de definir, pero que te lleva hacia otros paisajes.

Más tarde, la violencia del Manalishi. Y la belleza del mundo en armonía.

The Green Manalishi
 
 The world in harmony
 

Se notaba algo raro. Una mezcla imposible. Then play on es la culminación de esa destilación que no existe más que en los alambiques de la fantasía. Una de cal, y la otra de crema. Canciones soñadoras, en general muy tristes; bluses áridos; instrumentales a todo trapo; un halo de trascendencia muy raro, como fuera de lugar.

Ahora que los Fleetwood de Rumours están de gira, por nostalgia y por dinero, podrían haberse reunido con Peter Green para algo menos lujoso y mucho más artístico.

Reedición Deluxe de 2013 (Then Play On al completo, según su edición inglesa original e incluyendo al final los dos singles posteriores al álbum que ya he incluido antes).

 

Y para finalizar, un documento visual imperdible. En directo.

 

domingo, 16 de marzo de 2014

Gotic - Escenas irrepetibles de la vida

Este vinilo lo he tenido en cartera desde que iniciamos el "blog". Cayó en mis manos en una tienda de esas de segunda mano. Alguien lo desechó tras escucharlo, quizás le disgustó que sólo fuera instrumental, igual confundió la portada con un disco de "Yes" y se mosqueó al comprobar que no cantaba Jon Anderson. Es muy probable que no fuera un lince al analizarlo. Me hice con él bien barato, tenía muy buenas críticas. Al parecer hoy en día es pieza de coleccionista y vale una pasta. Yo lo tengo, pero no lo vendo.

Este grupo catalán sólo grabó y publicó un único disco pero, después de escucharlo, me parece que no necesitaban más. Cuando a alguien le sale de inicio algo tan bello ¿Para qué intentar volverse a imitar? Luego sus integrantes siguieron por separado Jordi Vilaprinyó como compositor y pianista y Rafael Escoté como miembro de Pegasus, del resto no tengo noticias.

Para la grabación utilizaron algunos instrumentos prestados (Joan Albert Amargós el piano, Ángel Pereira la batería) y utilizaron formas nada rockeras, de músicos de cámara, bien formados y educados, con influencias sinfónicas y del jazz, con ganas de hacer algo nuevo y bello. Lo consiguieron de forma impecable.

El disco si se me permite la analogía muestra todos los momentos de la vida, es comparable con las estaciones del año, con las fases de la luna, con todos los instantes de un día, pero siempre con una perspectiva y un atrevimiento juvenil. Sin dudas, sin los miedos que surgen con las oscuridades y las dificultades. No hay ni asomo de pesimismo.

El disco se inicia francamente optimista, como esta mañana soleada. La primera composición ("Escenes de la terra en festa i de la mar en calma") refleja un amanecer en el campo cercano a la costa, la conjunción casi perfecta de la naturaleza y sus habitantes. Son cantos de pájaros, arrullos de luz y vientos de primavera, es despertar perezoso y a la vez esperanzado, una mirada a reflejos de sol filtrados por los espacios entre las maderas de las persianas.

"Imprompt" Es algo más de jazz, un poco más caótica. Es travesura infantil a la luz del día,  jolgorio, risas y alegría inocente, son carreras entre cunas y camas. Una persecución alegre al romper la mañana. Una taza de chocolate caliente y tostadas.

"Jocs d'ocells" Es una fanfarria. Juventud, alegría, gozo y ansias de libertad. Se inicia apacible, poco a poco se va elevando, los trinos de las flautas se desbordan con el piano de fondo que se rompe en un estribillo musical hermoso y solar.

"La revolució" Son manos haciendo ondas en el agua, es romanticismo, razonamiento, ganas de cambio y esperanza. Primavera apuntando al verano, algunos chubascos. Alegría preparatoria de verbenas y solsticio estival.

"Dança d'estiu" es una sinfonía cerca de la playa. Es noche de verano.  Firmeza de la madurez primaria, todo parece claro, todo está al alcance de la mano, nada amenaza el futuro que se muestra limpio como un horizonte sin nubes. Es una fiesta de bodas esperanzada. La guitarra (que se emplea muy poco en todo el disco) suena aflamencada.

"I tu que hoi veies tot tan facil". Pese al título no muestra en absoluto dificultad alguna, no hay nubarrones en el horizonte aunque se barruntan las primeras canas, pero se afrontan con seguridad. Está escrita con el ánimo del joven que visualiza el paso de los años desde una perspectiva tranquila y pausada.

"Història d'una gota d'aigua" Es la composición más madura, es el resumen de todo lo relatado. La flauta marca los tempos, te va transportando lentamente en el aire como una pluma o como esa gota de agua a punto de ser absorbida, de elevarse a nube con la guitarra eléctrica, para volver a caer lentamente al mar con las notas del piano. Es extraordinariamente plácida, conforma un bellísimo final para el disco. Es la muerte anunciada desde el principio, es la circularidad de la vida. No muestra nada de miedo ante la incerteza. Sigue siendo claridad, nunca penumbra. La mejor del disco sin duda.

Una obra maestra sin suficiente reconocimiento, publicada en 1978, perfecta para este final del invierno con perspectivas de cambio y que hoy me ha dado por recordar sin gota alguna de nostalgia. Espero que lo disfutéis.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Mark Hollis. Plegarias del silencio.




No tengo ni idea de cómo descubrí este disco. Ni siquiera recuerdo ser muy consciente de que Talk Talk fueran un grupo que pudiera interesarme (estoy hablando de los últimos años 80) ni que yo supiera quién era Mark Hollis (ahora estamos ya a últimos de los 90). De alguna forma lo relaciono con mi seguimiento de la carrera de David Sylvian. Alguien pudo hacer una comparación. Puede que leyera una sugerencia. En fin, compré el cedé cuando salió, en 1998.

Fue una revelación instantánea. Pero de ignición muy lenta. Supe que aquello me gustaba mucho, pero me daba miedo que fuera un espejismo. No creo que haya escuchado este disco más de treinta veces. Como si temiera desgastarlo, o como si estuviera prescrito únicamente para momentos infrecuentes.

Ahora ya han pasado muchos años, ¿no? Ya se puede juzgar.

Es una obra maestra. Lo digo incluso guardando reparos: la voz de Hollis..., ¿demasiado quejosa?, ¿demasiado blanca? Canta muy bien, qué voy a decir. Pero sueño con algo que equidiste de la gravedad de Sylvian y la fragilidad de Hollis. En fin, para eso estamos los consumidores, para poner en duda la cantidad de sal y pimienta.

La música está construida con un minimalismo espectacular. Cuando suena cada instrumento, se me encoge el alma en la pureza de su sonido. Las guitarras acústicas, uf, parece que rasguen la tela de un silencio místico. Los armonios, los pianos... Pero parece que con estos plurales doy la impresión de que suena mucha música. No. He dicho que es minimalismo. Suena muy poca música. Pero es maravillosa.

Es música de cámara. Podría ser blues blanco. Si Weather Report hacían música barroca dentro del jazz-rock, esto es música contemporánea dentro de la canción melódica. No hay canciones con estructuras obviamente repetitivas. Cuando te das cuenta, estás metido en la corriente. Cuando aprecias las repeticiones, uno se da cuenta de que ya no las busca. Y te dejas llevar.

Tiene peligros. Lo reconozco. Puede resultar pretencioso. Sin embargo, ahora mismo estoy dispuesto a discutir con quien defienda que la música sólo se limita al entretenimiento. Dios mío, estaría dispuesto a batirme en duelo con quien sostuviera que el arte (por ejemplo, la literatura) sólo sirve al entretenimiento.

No puedo entrar en las letras. (Mira que les intento buscar sentido, que a veces incluso las entiendo. Una especie de pintura a brochazos de versos.) Lo importante es la manera de cantarlas. Un epitafio. Expresiones sueltas. Voces quejosas. Voces suplicantes. Oraciones. Solamente otro instrumento. Y es suficiente.

El disco en lista de reproducción:

O el disco entero:

Ambas opciones son buenas. El caso es que no tiene mucho sentido distinguir canciones, al principio, porque lo importante es apreciar el estilo, la hermosura de la propuesta, el timbre sensacional de los instrumentos, la tensión del silencio.