martes, 26 de junio de 2012

Dire Straits. Communiqué. Más allá del sultanato del swing.


Para escribir sobre  los Dire Straits lo obvio hubiera sido escoger su LP de debut, pero me gusta lo difícil y hace mucho tiempo decidí que si escribía sobre este grupo lo haría sobre este disco. ¿Por qué? Muy fácil porque es muy bueno y ha sido siempre infravalorado en comparación al éxito del single de su primer disco.

La realidad es que los de Mark Knopfler no debutaron con el laurel arrollador que haría suponer lo conocida que es la canción “Sultans of Swing”. De hecho ¿Alguien se acuerda de alguna canción más de ese primer disco? Me gustaría hacer una encuesta y estoy seguro de la contestación... Casi nadie salvo sus fans más adictos. Les costó unos meses romper hacia lo alto y el gran éxito mundial no les llegó hasta “Brothers in arms”.
 El disco que nos ocupa es el segundo de su escasa discografía y quizás vio la luz de forma algo apresurada para aprovechar el tirón en los USA tras la edición de la canción de los sultanes y como era más de lo mismo, aunque vendió mucho, supuso un aparente bajón musical (para la crítica) en una carrera que apuntaba meteórica. 

El disco abunda en los mismos argumentos que el primero pero sin una canción con la popularidad que tuvo su primer sencillo. De hecho podríamos hacer una comparación entre todas y cada una de las canciones del primer larga duración y el segundo y podríamos emparejar unas cuantas con gran facilidad. “Sultans of swing” con “Lady writer”; “Once upon a time in the west” con “Down to the waterline”; “Follow me home” con “Six blade Knife”. La diferencia fundamental, para mí, es que salvo en el caso de la primera, el resto son mucho mejores, en composición, arreglos y madurez, en el segundo disco que en el primero.
 El sonido de este disco es netamente americano. Característica que ya no abandonará a este grupo ni a Mark en su carrera en solitario. Por ponerle una pega, me recuerda mucho a algunas piezas de JJ Cale (Juan ¿Para cuando un disco de él?) pero él hace mejor lo de estar tirado en una hamaca o mecedora tocando indolentemente la guitarra. La conjunción de las guitarras de los hermanos Knopfler es extraordinaria y en el estéreo suenan de lujo, la batería de Pick Withers que en el primer disco no destaca en exceso, es contundente y marca el ritmo sin titubeos desde el primer acorde de “Once upon a time in the west” que abre la primera cara.
 En “News” y “Where do you think you’re going?” surgen dos de las mejores canciones de los de las “situaciones desesperadas”. Guitarras afiladas, redobles de tambores a medio tiempo que desembocan en un final en crescendo especialmente en la segunda. “Come on” y aparece la “mala leche” de las dos guitarras, cada una por su altavoz mientras retumba la batería y el bajo se hace presente con el final disolviéndose a lo lejos el conjunto. Dejándote con ganas de más.

“Communiqué” es más una canción de cabaret que de rock, demostrando el gusto, que Mark va a deletrear en sus discos en solitario, por otros estilos. Singular y original y... probablemente algo decepcionante para sus seguidores. A mí con el paso de los años me parece una obra maestra.
 “Lady writer”. Las comparaciones son odiosas, pretendió ser la continuación de su éxito en las listas y no lo consiguieron. Probablemente la más prescindible del disco aunque me sigue gustando. 

La siguientes cuatro canciones de la cara “B” son impecables. Me gustan especialmente “Portobello belle” (piano, piano) y “Single handed sailor”. Guitarras perezosas aderezadas con el calor de un porche en el sur de cualquier país o estado. Una delicia para una noche de verano. Aceleraciones y suaves toques de frenos para hacer mover rítmicamente los hombros. Mojito, hamaca y brisa para bajar la temperatura... No te digo nada si alguien te acompaña.
 Otro detalle interesante. El disco es corto, un poco más de cuarenta minutos. Suficiente para disfrutar sin cansar. Anímate a recuperarlo. Hay vida más allá de las obviedades musicales. Sube el volumen, los vecinos te lo agradecerán... Está de oferta.
 “But she is no garden flower. There is no distress in the tower.”

jueves, 14 de junio de 2012

Iggy Pop y James Williamson. Kill City: Cómo aprender de los errores


Un nuevo arrepentimiento. Sí, es verdad, este es uno de aquellos discos que vendí. No lo sé seguro, pero creo que sí, que, en efecto, era de vinilo verde. Mítico disco. Igual hoy valía una pasta. I'm sorry. Pero debe quedar claro que de ninguna manera lo vendí porque no me gustara. Es que tenía hambre de novedades y no tenía dinero. Entonces convencía a mi hermano para que me dejara vender algunos discos para comprar otros..., y él me lo permitía, alma cándida. 

Estoy seguro de que lo compró mi hermano por una crítica, creo que de Oriol Llopis, en Vibraciones. Yo no conocía a los Stooges en realidad, sólo por referencias. De hecho, no ha sido hasta hoy día que me he dado cuenta de que tuvieron un par de cosas que decir: cualquiera puede escuchar «Dirt» (del Fun House) y prever ya a los Joy Division. En este mismo Kill City puedo escuchar a Magazine y a los Psychedelic Furs (entonces no podía, claro, porque eran grupos que estaban a punto de formarse). 

Recuerdo que nos gustaban mucho «Consolation Prizes» y «Lucky Monkeys», y sé que «Johanna» está prescrita para cualquier melómano que se precie. Pero es verdad que notábamos algo, un desequilibrio, una falta de definición o de dirección. No lo considerábamos una obra maestra. 

Y de pronto pienso: Hombre, ¿porqué no un post sobre Iggy? Evidentemente, me hice con una versión digital ya hace años (pura melancolía de mis errores pasados). Y me digo: Merece la pena. Y entonces descubro que en 2010 se hizo una reedición. Redescubrimiento. Fenomenal. Parece un nuevo disco. Suena muy bien, muy potente y con las guitarras mucho más definidas. Casi todo es positivo en la remezcla. Alguna tontería, quizás, que me hace añorar el vinilo verde. Y precisamente por eso sé que en el pasado marcó huella. 

La canción que abre el disco y lo titula es un cañonazo. Y es la única de la que encuentro letra en internet. La ciudad es una trampa para un politoxicómano como Iggy, pero antes de morir de sobredosis dice que va a hacer ruido. Yeeaaaahhh, rock and roll. En fin, un mensaje simple pero bien estructurado: el antihéroe dispuesto a morir joven y a dejar un cadáver bonito.

   

«Sell Your Love» cambia de tercio. Saxos llenos de lirismo, coros negroides. La voz inicia una melodía medio susurrada. Como no entiendo a veces ni las canciones en castellano, en inglés me resulta difícil entender algo más que frases sueltas. Creo que una prostituta tiene que dejar contento a sus clientes. En fin, todos somos vendedores de amor. La parte central, en la que se vacía todo de música, pierde casi el saxo (que luego se pega un solazo maravilloso). Eso no pasaba en el disco original. Allí el saxo se mantenía en primer plano en todo el fragmento. Quizás sea la única ocasión en que echo de menos el viejo vinilo.

 

«Beyond the Law». Esto es serio. Caña de la buena. Los riffs de guitarra son muy «rollingstones» y los saxos se mezclan con ellos de forma contundente. Esto es aullar, señores.

   

 «I got nothin'». ¡Dios mío!, ¿es una canción de Bob Dylan? No, no, ahora se ve que no. Es rock and roll. Soy un pobre de solemnidad, no tengo nada, nada que decir, nada para vender. Me siento un trapo por dentro. Uf. Guitarrazos que hieren muy adentro, un cuchillo llamado James Williamson-Gibson Les Paul-Amplificador Marshall.

   

 «Johanna» me pone a cien. ¡Ouuu yeeeeeeeh! Saxo peligroso, fraseos de guitarra que erizan el vello de la nuca. ¡Ohh yeeeeeeeeh! He sido un soñador, he soñado con un amor perdido hace tiempo. Johanna, te odio, nena, porque eres la mujer a la que amo. Me jode decirlo, pero voy a volver junto a ti. Guitarrazos, el saxo se desgañita (¡pero por dios qué buenos son los saxos en todo el disco!).

   

«Night Theme». Bueno, va. Curioso. Creo que en su día me resultó difícil tragarlo. Pongo una versión unificada. Prescindible. En aquel entonces había que soportar la primera parte al final de la primera cara y la continuación al principio de la segunda. La gracia estaba en que luego viene un cañón.

   

«Consolation Prizes.» Melocotonazo, como dicen en un programa de Radio 3. Sí, sí, me estoy meneando (o sea, rockeando, ¿no?, es decir, bailando). Vale, hay mucho rolling por ahí... ¿Y? Problem? ¿No, verdad? Pues eso. También a mí me suena a Magazine y no voy a poner la mano en el fuego por que Howard Devoto escuchara este disco en un reclinatorio. En fin, bueníssssima.

   

 «No sense of Crime». Una guitarra acústica, un tipo que sabe usar la voz para hacer ruidos: Hey, hey (o jei, jei). El caso es que tenemos una especie de blues arrastrado y el caso es que cada vez me gusta más este disco perdido de antaño. Ella debe ser de aúpa, porque no tiene sentido del delito. Vamos, que es una inmoral, no comprende que tenemos corazoncito. Uf, cuando Iggy dice que nos vamos a sentir bien por dentro, y dice sentir, amigos, entonces se siente algo. Es pura carne, pura vida. Dicen que grabó este disco en fines de semana que le dejaban salir del sanatorio. Bueno, pues me da la impresión de que tiene un control absoluto de su voz, de su modulación, de su sinceridad.

   

«Lucky Monkeys». Jeei! Mmmmm! Este tipo sabe gemir, gritar, escupir. La voz aquí está pasada por un filtro, quizás un micrófono de armónica. Mola. Se pone interesante, suben las pulsaciones. Hay ambiente de bar. La barra ofrece buenos gin-tonics. Crescendo que no acaba de culminar, pero que da una segunda oportunidad y ofrece un final de canción potente, pero matizado (algo me dice que la versión de vinilo era más violenta: los contrapuntos de guitarra estaban mucho más presentes).

   

«Master Charge» es un instrumental. Pero esta vez mola. Ese saxo es una bendición. Sólo un pero: hace que el disco cierre un poco en falso, hace que el desequilibrio se note; no sé, no cierra con broche.

   

En fin, son 34 minutos 48 segundos, tampoco hay que darle más importancia (el rock and roll es así, pim pam, knock out). Pero me gusta.

sábado, 26 de mayo de 2012

Fleetwood Mac. Corren rumores de que no eran tan malos



No recuerdo que tuviéramos Rumours (1977) en nuestra discoteca. Pero sí recuerdo que sonaba mucho por la radio y creo que teníamos la mayoría del disco grabado en un cassette. El éxito fue sonado. Y en aquel entonces no tenía ni la menor idea de que Fleetwood Mac hubiera sido un grupo de blues liderado por Peter Green (de hecho, me enteré después, en 1979 ‒cuando José Mª Pallardó aireó su disco In the skies‒, de que había sido su guitarrista, luego enajenado y encerrado en un psiquiátrico, pero entonces aún no era capaz de comprender la diferencia de estilo y sonido que eso significaba). «Albatross» era una canción que me sonaba familiar, pero que no asociaba con Fleetwood Mac. 

Y tengo la idea de que en 1977 eran comerciales, demasiado pop. Sin embargo, me gustaban mucho. Después, años después, demostraron al mundo que se puede ser aún más y más comercial, queriendo sonar modernos y echando a perder un sonido maravilloso. Rumours es un disco fantástico. Era el límite. Historias de amor y desamor (concretamente la historia de cómo sus dos parejas se separaban). Melodías atractivas, arreglos perfectos, combinación de voces con gusto. Y Stevie Nicks envolviendo el paquete con elegancia. Negra mariposa. (¿Por qué hay gente que habla del «sonido» de los 80 y tuerce la boca? Porque gente como Fleetwood Mac se dejó seducir por la moda, en vez de dejar que los de los 80 sonaran como quisieran sin perder la propia personalidad.) 

Ahora comprendo mejor su evolución. Ya antes de fichar a Stevie Nicks y a Lindsey Buckingham, podían sonar a Rumours (por ejemplo, en el Mistery to me, las canciones «Just Crazy love», «The Way that I feel» o la maravillosa «Why»). Pero también podían jugar a sonar a Boney M (demasiadas ganas de triunfar lejos del sonido blues). Precisamente por eso Rumours cobra una importancia especial, porque es el momento en que equilibran la inspiración, la maestría y las ganas de gustar. 

«Second had news» es la fórmula Buckingham-Nicks para saber a qué atenernos. Una especie de marcha pop con la voz principal masculina (si gritara sería un perfecto Robert Plant-Ian Gillan) y Stevie haciendo coros, dando la réplica. La melodía es perfectamente tarareable, casi infantil, pero tiene una línea perfecta. Para fiestas de divorciados. 

 

 Entonces, amigos, dan un salto de fe y ponen como segunda canción «Dreams». La guitarra susurra; Stevie Nicks habla bajito, al corazón; del grupo brotan las pulsaciones. La melodía crece, crece y... «el trueno sólo suena cuando llueve. Los músicos sólo te aman cuando tocas». ¡Toma ya, Lindsey! Por si te creías que aún te hago caso. (¿He dicho ya que todas las letras tratan de las separaciones sentimentales entre las dos parejas del grupo?). Esta canción es tan buena que vale por todo el disco. Punto. Os vais a enterar.

 

 «Never going back again». Bonita canción folk. Ejercicio de guitarra para expertos.

 

 «Don't Stop». Ou yeah. Poderoso single. Para trotar. Dejemos atrás las penas. No te pares. El ayer se ha ido. No mires atrás.

 

 «Go your own way.» Guitarra cremosa. Buena batería. Explosión de sentimientos. Ve por tu propio camino. La separación no tiene vuelta atrás. Guau, aquí se combina el estribillo con un solo de guitarra potentazo.

 

 «Songbird.» Esta es para llorar, de tan bonita.

 

«Silver springs» fue un descarte. No estuvo en el disco original del 77. ¿Cómo es posible? (Me parto de risa:) Porque en los discos de vinilo no cabía más música. Ahora, en los cedés, sobra paja por doquier; pero entonces se veían obligados a desembarazarse de obras maestras como esta. Wonderful.

 

«The Chain.» Esta en directo es un espectáculo, porque es como si Lindsey y Stevie se dijeran a la cara un par de cosas. Potente. Es una sinfonía pop sin resquicios. Un crescendo imparable. Recuerdo que me ponía la piel de gallina cuando dice: «Ya no me amas, ni me volverás a amar, pero aún puedo oírte decir que tú no romperías nunca la cadena.» Uff, este tío sabe tocar la guitarra. Solazo. Final de harmonías vocales en todo lo alto. A tope. Obra maestra.

 

 «You make loving fun.» Sensibilidad. Christine McVie, siempre más atemperada que los otros dos, siempre con un punto de sabiduría musical en los arreglos. Esta canción parece cualquier cosita agradable, al principio. Se te pega, después, con sutileza. Y al final resulta una delicia irresistible.

 

 «I don't wanna know.» Está bien. Vale. Yo tampoco.

 

 «Oh Daddy.» La buena de Christine, acordándose de Mick Fleetwood, el batería. El quinto en discordia, que mientras toca se pregunta: ¿Y a mí quién me ha dado vela en este entierro? Pues la de la amistad, papito. Gracias por estar ahí.

 

 «Gold Dust Woman.» Bueno, hay que quitarse el sombrero. Canción libre, misteriosa, irresistible. Trata de la cocaína, por cierto; lo he oído de los labios de su compositora. Un poquito de psicodelia, un poquito de sentido del ritmo, un poquito de subidón y... la voz de Stevie. Grande.

 

viernes, 11 de mayo de 2012

The Psychedelic Furs. Talk, talk, talk. Vestidos de rosa sin parar de hablar.


El grupo de los hermanos Butler fue realmente innovador en cuanto al sonido post-punk. Este disco oído en el siglo XXI tendría más difícil destacar, pero estamos hablando de 1981 y en ese año, la propuesta sonora de estos ingleses era realmente atractiva. Su sonido sucio y aparentemente poco pulido, junto con la voz algo cazallera del cantante son herederas directas del fin de los setenta, pero las propuestas guitarreras de John Ashton repletas de distorsiones y ecos junto con el uso del saxofón y los teclados, manejados con habilidad en este disco por Duncan Kilburn, introducen un giro argumental a medio camino entre la bisoñez y mala leche del punk y los sonidos más sofisticados de los “new romantics” y el “tecno pop”. 

En éste, su segundo disco, predominan las propuestas más rockeras por encima de las más melódicas que se comienzan a introducir en su excelente tercer disco “Forever now” en canciones memorables como “Love my way”.

Aunque se mantuvieron unos cuantos años tras este disco, la progresiva comercialización de su sonido y la persistencia en repetir las mismas bases musicales en sus siguientes trabajos, acabaron con ellos y no duraron más allá de una década. Recientemente se han reunido parte de sus integrantes y el año pasado hicieron una gira en la que tocaron íntegramente este álbum para celebrar su treinta aniversario. Lástima... no los ví. En directo sonaban realmente compactos y profesionales, los ví varias veces, la primera en Studio 54 en 1984, recién salido su cuarto disco “Mirror moves”. Un excelente concierto.

El disco está lleno de buenas canciones. Sonó de forma recurrente en el radio cassette de mi coche durante años alegrando noches de juerga o acompañándome a todo volumen con las ventanillas abiertas para ir a trabajar por la mañana.

“Dumb waiters” abre el disco con potencia, riffs de guitarra y solos de saxo rodeando la desgarrada y desgarbada voz de Richard Butler. Le sigue una de sus canciones más conocida “Pretty in pink” probablemente su más importante “hit” que posteriormente regrabaron coincidiendo con su aparición en una película con el mismo título.  Estribillo pegadizo y guitarrazos estridentes para la historia.

“She doesn't have anything You want to steal. Well Nothing you can touch... Pretty in pink
Isn't she?”


A partir de aquí se suceden en la cara A “I Wanna Sleep with you” caótica y ruidosamente interesante. “No Tears” un clásico en el repertorio de los de la piel psicodélica, hipnótica y con un interesante solo de saxo y; “Mr Jones” con reminiscencias punk y las cuerdas vocales del cantante con claras muestras de necesitar un otorrino y ráfagas de saxo y guitarra entremezcladas en la parte final. 


 La segunda cara comienza “sin ningún tipo de amor” con “Into you like a train” presidida por redobles de tambores,  guitarras, saxo y estribillo enmarcado por los teclados a toda velocidad, mejor imposible. Los Jawbreaker hicieron una interesante versión en 1995 dura la mitad que la original pero es más que suficiente, menos sofisticada pero extraordinariamente efectiva. La continuación con “It goes on” y “So run down” insiste en la misma dinámica, está claro que quieren marcar estilo y territorio y que el nivel está alto. Para mí la mejor del disco es “All of this and nothing” una larga canción de seis minutos que comienza con guitarras suaves, lejano saxo y percusiones que se difuminan en la oscuridad para dejar paso a la canción. La voz de Richard Butler suena mejor que en todo el resto del disco, en primer plano, asumiendo el protagonismo sobre los músicos, que pese a ello se emplean con todo su músculo, el tempo es algo más contenido y el sonido discretamente más limpio... están en su esplendor, por ponerle un pero, algo más corta hubiera sido suficiente, quizás sobra el epílogo instrumental que redunda en el argumento del prólogo. La balada final, facilona y agradable, desentona un poco en esta segunda cara llena de propuestas más agrias,  pero si se escucha aislada es un caramelito bastante apetitoso.

En resumen un disco que define un estilo personal  y que ha resistido muy bien el paso de los años. Un grupo hoy casi olvidado pero con siete discos en diez años que vale la pena (re)descubrir. Ideal para una tarde/noche calurosa como la de hoy. Un alma caritativa lo ha subido completo a youtube. Gracias amigo.

martes, 1 de mayo de 2012

Bob Dylan. Iniciación a una sangría de lirismo



Una y otra vez recurro a la infancia y al radiocassette, ¿por qué tendría que evitarlo? Comprendo que la idea de cubrir con un velo personal la música que muchos ya conocen, o que merecen conocer a su manera, pueda tener sus detractores. Pero no conozco ningún dato objetivo que me haya hecho correr a comprar un disco con el alma en vilo. En cambio, eso lo han logrado los comentarios subjetivos, a veces velados, a veces a gritos, siempre cercanos al terreno literario.

Corría 1975, la cinta tenía una de las portadas menos atractivas que haya visto; la música de Bob Dylan luego se presentaría raras veces en nuestro tocadiscos, y sin embargo..., Blood on the tracks es uno de los discos de entonces que recuerdo con más simpatía (y que no he dudado en comprar en cedé). Lo pusimos muchas veces, y nuestra preferida, creo recordar, era «Shelter from de storm». A mí me gustaba, cómo no, es un gran disco (me inclino a decir: una obra maestra), pero siendo Dylan hay un par de cuestiones que se deben superar.

Su voz. El timbre se ha hecho ya famoso, claro, y junto con el de Lou Reed, creo que es de los más imitados en el rock. No gusta a todo el mundo, pero lo cierto es que es molón. Y en este disco, concretamente, encuentro que Dylan canta como los ángeles: entona, afila, grita, gime y da intención a todo lo que dice (todo lo que uno imaginaba a los diez años; recordemos mi ignorancia del inglés).

El rollito country. Por suerte, me he recuperado de esa enfermedad. No es que me trague cualquier cosa con violín cajún y lap steel, pero ya no tengo el prejucio de entonces. Hay que seguir teniendo cuidado, porque está lleno de basura... Pero no confundamos: Dylan viene del blues y se encamina a donde le da la gana; por lo tanto, nada que temer. Sólo de forma miope se le puede clasificar como country.

Una vez superado eso, una vez se ha comprendido que Dylan es un cantante callejero con alma de rock and roll, uno está preparado para estremecerse con Blood on the tracks.

Debo avisar de que este disco combina las versiones grabadas, en primer lugar, en New York, y luego en Minneapolis (circula un Blood on the tracks New York sessions que hay quien dice que es mucho mejor). El cassette, mi disco, lo que me hace volver a 1975, es la versión oficial. Y aunque este diga que... y el otro responda pero..., debo respetar las leyes de la nostalgia. Sin embargo, parece que en internet es difícil encontrar muestras para compartir del disco original. He hecho lo que he podido. Así pues, recomiendo que la gente se lo compre. Al fin y al cabo, últimamente parece que los discos clásicos no están tan caros.

Una canción preciosa inicia el viaje: 1. «Tangled up in blue.»

 

Voz de convaleciente, bonitas guitarras acústicas, acompañamiento sobrio. Qué grande es el señor Dylan para narrar historias. Me gusta su estilo (que por momentos aburre): recita la letra, la rapea, parece que sólo le dé melodía en el final de los versos, añade anécdota tras anécdota al cuento, cambia las entonaciones..., y entonces revienta y se convierte en estribillo, o mejor dicho, en el propio título de la canción. El grupo le proporciona un colchón envidiable. Al final, la armónica. Es Dylan puro. 

 2, «Simple twist of fate»: Qué belleza. Esta versión está muy bien, pero..., la del disco es mucho más hermosa en su juego de guitarras acústicas, en el eco de la voz, en la profundidad del contrabajo, en la dicción.



3. "You're a Big Girl Now." Hay algún loco por ahí que dice que esta versión es superior a la del disco. Incluso llega a decir que la del disco es UNA MÁS. Perdónales, porque no saben lo que dicen. Hay que ponerse de rodillas. Vamos, que siento de verdad no poder compartir la versión del disco. Dios..., ¡pero si es la mejor!

 

 4. "Idiot wind." Comparto todo ese desprecio, toda esa burla y sarcasmo. No somos nada. Me recuerda que hay que decir que el tipo que tocaba el órgano lo hizo de puta madre (en todo el elepé).

 

 5. En "You're Gonna Make Me Lonesome When You Go" encuentro que las reflexiones de Dylan, parece que cercanas a la reciente separación de su esposa Sara, se suben a un vagón de country acelerado. Me encanta cuando se hace el listillo (igual que su amigo Van Morrison) y compara sus tormentosas relaciones amorosas con las de Verlaine y Rimbaud (me encanta ahora, que puedo entender lo que canta). Para que os hagáis una idea, Verlaine le pegó un tiro a Rimbaud. Me gustaría recordar aquí, caprichosamente, el inicio del poema de Luis Cernuda (jamás está de más): 

El gobierno francés, ¿o fue el gobierno inglés?, puso una lápida
En esa casa de 8 Great College Street, Camden Town, Londres,
Adonde en una habitación Rimbaud y Verlaine, rara pareja,
Vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron,
Durante algunas breves semanas tormentosas.
Al acto inaugural asistieron sin duda embajador y alcalde,
Todos aquellos que fueran enemigos de Verlaine y Rimbaud cuando vivían.



Bueno (¿cómo que bueno? ¡Menudo discazo! ¡Menuda primera cara!), hay que sacar la cinta, darle la vuelta, introducirla de nuevo y... la segunda cara. 

1. "Meet Me in the Morning." Esto es campo viejo. No es negro, pero casi. Aprecio mucho que la gente sepa encontrarse por la mañana.

 

 2. "Lily, Rosemary and the Jack of Hearts". Esta sí es descaradamente country, o similar. En fin, no es lo que más me gusta, pero no por nada..., son prejuicios.

 

 3. "If You See Her, Say Hello." Cuando tenía catorce o quince años pensaba mucho en este título. Mi ilusión era encontrarme con ella. No había entendido nada de lo que dice la canción, claro. Esta tiene una versión muy bonita de Jeff Buckley (claro que él todo lo hacía bien, ¿no?). Si la hubieran hecho los Eagles, se notaría a la perfección el valor del poeta contrapuesto a la caricia de la FM.

 

 4. "Shelter from the Storm." Qué buena. Entra, dijo ella, te daré cobijo contra la tormenta. Guau. La narrativa genial de Dylan, la capacidad de componer estrofas que estallan en el título-estribillo. Todo gira y rueda hasta su lugar natural. ¡Eso es un trovador! Qué buena. Y aún mejor leyendo ahora la letra.



5. "Buckets of Rain." Sí, sí, creo que en el cassette los títulos de las canciones venían traducidas, y yo pensaba: ¿Cubos de lluvia? Menuda gilipollez. La guitarra es una maravilla. Simple. Me gusta incluso cuando parece que el guitarrista no consigue el sonido deseado. Folk muy cercano a lo que había hecho un Nick Drake.

 

Bob Dylan, esa obviedad. No os perdáis este disco. La descarga emocional es de excepción. ¿Cómo quejarse de su manera de cantar si es capaz de expresar tanto, si es capaz de hacer teatro con las inflexiones de voz? A must have. Algo así como la mousse de limón. 


jueves, 26 de abril de 2012

The Smiths. Un hombre encantador repartiendo caramelos.

The Smiths fueron un grupo de indudable éxito y escaso recorrido. Tras su desaparición, la repercusión de su cantante y su guitarrista conseguida por separado no son en absoluto comparables a la obtenida en comandita. Eso demuestra que los cócteles de genios son explosivos, duran poco, son difíciles de repetir y causan sus efectos de forma imborrable. 

Para mí son un grupo de canciones más que de discos. Los tengo todos pero no los oigo nunca enteros, siempre voy saltando canciones, ninguno de ellos me parece excepcional, incluyendo el afamado “The Queen is dead”, pero en todos hay canciones que forman parte de forma permanente de mi armamentario e imaginario musical.  Por eso me he decidido a comentar el “maxi” de la canción “This Charming Man”.

La portada mostrando a Jean Marais caído y reflejado en acuoso espejo, parece pronosticar la muerte joven de su proyecto musical, un cadáver bonito y joven siempre da que hablar y conjeturar durante mucho más tiempo que uno arrugado, caduco y de deterioro lento.

La temática de sus canciones con insinuaciones claramente homosexuales es atrevida para su época. La característica voz de Morrisey junto con los riff guitarreros de Johnny Marr le dan el toque de originalidad necesario para que nos quedáramos enganchados a este grupo y esperáramos ansiosos a su primer álbum que (en mi opinión) resultó algo decepcionante, probablemente por su producción huérfana de la potencia y frescura de sus sencillos y una mala selección de canciones. Volví a creer en ellos después de ver televisada una actuación suya en TVE. La fuerza de su directo, la potencia vocal de Morrisey y su presencia escénica elevaban su credibilidad. Un grupo con voz, guitarra, bajo y batería, con un nombre sencillo y nada rebuscado, en una estación marcada por los “New Romantics” en las primeras posiciones de las listas, daba un contrapunto interesantísimo.



La canción “This Charming Man” está marcada por la guitarra de Marr de inicio a fin, ese riff  americanizado de la Rickenbacker, que te perfora la sien y queda alojado de forma permanente en la memoria, es inconfundible y cuando aparece la afilada voz de Morrisey te entran ganas de bailar, de saltar, de gritar como el cantante antes del estribillo o de tararear. Una canción para la historia, eterna.
La canción aparece en dos versiones “Manchester” y “New York”. Sinceramente, no le acabo de ver la diferencia., de hecho para mí la segunda sobra. Si ya lo has hecho bien en tres minutos no busques la perfección alargando el tiempo pero... yo no estaba entonces con ellos para aconsejarles y ellos eran jóvenes y con ganas de triunfo y probablemente de dinero. La alargan un poco con bajo y batería supongo que para las discotecas pero la disminución de la presencia de la guitarra deja totalmente huérfana la canción aunque repita el eco la voz del cantante. 


Las otras dos canciones que ocupan la cara B, sólo aparecen en este single ya que nunca formaron parte de un LP. Por suerte, no figuran sólo para rellenar. De hecho son las que acaban de compactar el trabajo al insistir en las excelentes bases de la canción principal. Los gorgoritos de Morrisey en “Wonderful Woman” con una armónica de fondo y el ritmo de la guitarra conforman una de las mejores canciones de ritmo lento de este grupo en mi humilde opinión. Que lo disfrutéis.




domingo, 15 de abril de 2012

Joy Division. El morbo de los cementerios


«Love will tear us apart» sonó en las radios españolas. Recuerdo que incluso vi en la televisión el vídeo oficial. Y ya por entonces se inició el culto fúnebre a Joy Division. No es de ahora que se exprima miserablemente a los muertos. Pero eso lo digo con la perspectiva; en aquel entonces pensaba que era auténtico, que las portadas de cementerio eran parte de la estética. Ahora me pregunto si no había algo de mercadotecnia.

 

 Fue todo muy rápido. Sonó el single, los Pegamoides se convirtieron en Parálisis Permanente y Dinarama; Gabinete Caligari, como su nombre indica, eran siniestros; Décima Víctima tocaron en el 666 (antiguo Metro). Romanticismo puro: oscuridad y pasión, misterio y dolor. La onda siniestra era muy sobresaliente en la ola post-punk: The Cure, Siouxie and the Banshees, The Sound... Me acuerdo de que cuando moría alguien que representaba algo para mí (no sé, como Julio Cortázar), yo le hacía un simbólico funeral poniendo en el tocadiscos el Berlin de Lou Reed o el Closer de Joy Division. ¡Menuda sensibilidad!

Cuando mi hermano compró el primer disco de Joy Division, nos quedamos colgados de la primera canción: «Disorder». Era un disco muy difícil. No entraba ni mucho menos a la primera. Y acojonaba. Es decir, en serio, «I remember nothing» con auriculares te los ponía de corbata. Debió de ser a finales de 1980, porque en cuanto salió el primero de New Order, también lo compró (finales del 81, principios del 82). Y entre ambos, no sé cómo, me hice con Closer. El disco que lo contiene todo. La primera cara, más hacia Unknown Pleasures; la segunda, uf, la segunda es la obra maestra que ponía una y otra vez, mirando de reojo la primera. Supongo que lo lógico, después del mazazo melódico de «Love will tear us apart» (que es, creo, lo primero que se conoció en España), era buscar canciones parecidas. No las había. Pero el despegue del punk es tan evidente y tan sugestivo que vale la pena. Hay ritmo obsesivo, más rápido, más lento; hay una tristeza de nieve sucia; un uso inteligente de los teclados; un desarrollo melódico paciente... Son apenas cuatro canciones, a cual mejor. Funk cibernético: «Heart and Soul»; música trepidante: «Twenty four Hours»; paisajes invernales desolados: «The Eternal»; y lo más cercano a lo que buscaba: «Decades». Aquí se usa el teclado de una forma cercana a «Love will tear...», pero es mucho más lenta. Es una canción maravillosa, pero no es un single. Las cuatro canciones parecen compuestas para una suite. Se pueden repetir cíclicamente y se obtiene un paisaje hipnótico. He aquí esa segunda cara.

 


 

 La primera cara empezaba con una exhibición de torturas sonoras. No me extraña el título, sacado de un libro de cuentos de J. G. Ballard, «Exhibición de atrocidades». Guitarras como sierras mecánicas que te cortan en dos sobre el típico ritmo de Steve Morris (África pasada por un turmix y congelada a -300 ºC).

 

En cuanto a «Isolation», era lo más cerca que podían estar del tecno-pop.

   

 «Passover» demuestra que no hace falta hacer ruido. Las guitarras raspan, el bajo se mete en el estómago. Me doy cuenta de que, después de entrar mucho mejor por la segunda cara, la primera no tiene desperdicio. La melodía de la voz se acopla perfectamente al desarrollo instrumental.

   

 «Colony». La fábrica de cristal roto continúa. Hay desprecio en la voz, hay dolor. La sección rítmica era lo nunca oído, se nota. Maestros en crear un clima obsesivo.

   

 «A means to an end». El tren que no para. El bajo es medio funky. Los frenos del tren no se activan hasta el final. Hasta entonces, la respiración del tren conduce la canción con una locomotora desanimada y repleta de bilis. La mejor de esta cara, según mi opinión de entonces. Ahora no estoy tan seguro.

   

 Y he aquí un concierto que yo vi en vhs, en casa de mi amigo Eugenio De Haro, hacia 1983. Lástima de sincronización.