sábado, 1 de junio de 2013

Los Madison. En los teatros del Canal. Si no triunfan es que no nos los merecemos

Cada vez que veo a "Los Madison" en directo siento vergüenza ajena. Soy incapaz de entender que la sala no esté llena. Me pregunto donde se ha metido la gente. ¿Qué les pasa? ¿Por qué no vienen? ¿Dónde están los afamados críticos de las revistas rockeras? Debe ser que están ocupados en la presentación de cualquier producto novedoso con etiqueta "indie" o deben estar escribiendo un nuevo libro sobre un cantante consagrado que hace años que vive relajadamente en un rancho a costa de los beneficios de alguna dudosa obra de rock maestra, o quizás recuperándose de la resaca del Primavera Sound.

Yo a la que los veo anunciados compro con anticipación las entradas, siempre pienso que se van a agotar y más teniendo en cuenta lo asequible de su precio. Y ya van tres veces que se repite lo mismo... La gente acude a medias, aquello no se llena, y se me pone cara de tonto al llegar y ver que no hay cola...Y pienso (y temo) que ellos se van a hartar de nosotros, de que no les hagamos caso, que van a poner cara de desespero, de no entender nada, que van a salir a cumplir y poco más. Que se van a cortar la coleta y lo van a dejar.

Y a ellos les da lo mismo, empiezan a tocar y derrochan sinceridad y ganas, verdadero y puro rock and roll, sin malabarismos verbales ni zigzagueos. Sacan ese repertorio de canciones cantadas a voz en grito en las barras de los bares, en los "vertederos de amor" donde se desangran los poetas con los ojos deformados a través de los cristales de las copas. Y sudan de verdad arrancando las notas de los instrumentos y a Txetxu se le ingurgitan las yugulares de potencia, porque tiene una voz superlativa, es de esos cantantes que imponen su voz a la del público más vociferente. Y saltan a tocar sin miedo entre el público, incluso cantan "a capella". Y les da lo mismo que seamos diez, quince o quinientos. Ellos han venido a disfrutar, a sincerarse, a ofrecer sus emociones sin esperar nada a cambio, a intercambiarlas generosamente con los que allí estamos.

Para postre son unos individuos llanos, del pueblo, se paran a hablar con cualquiera, agradecen cualquier gesto de ánimo y se les ven las caras satisfechas al salir del escenario. Y no parece que estén dispuestos a rendirse.

Cada vez que salgo de la sala pienso en no decir nada, en no contarlo, en que sigamos disfrutando sólo unos pocos de esos conciertos memorables, mágicos. En que si se hacen demasiado conocidos se pueden malear entre las manos de tanto gañán de este mundo musical, en que pueden perder frescura entre canapés y copas,  agotar sus hormonas entre "groupies" bien dispuestas, porque con el estómago bien lleno y vaciadas las glándulas genitales es difícil escribir canciones veraces y salir a la aventura a la carretera.

Pero ellos no tienen culpa de nuestro desconocimiento, inisiten en desasnar a los auditorios, no tiran la toalla. Se tienen bien ganado su dinero. Por lo tanto es nuestra obligación mantenerlos, no dejarlos en la cuerda floja, que no tengan las "horas contadas". Merecen sobradamente un público así que sólo falta que nosotros hagamos  los méritos. Si no triunfan es porque no nos los merecemos.

No esperéis a que sean historia para comprar sus discos o para ir a verlos. Que no os lo tengan que contar más. 


miércoles, 22 de mayo de 2013

David Bowie (con Brian Eno... y con Robert Fripp). Los "héroes" deberían llevar siempre comillas



(A continuación, un nuevo fragmento del libro que he escrito sobe Robert Fripp. ¡A ver si alguien me encuentra editor!)

«Heroes», no es por nada, pero vuelve a demostrar que Fripp es un guitarrista de rock de mucho cuidado (como en el «Baby is on fire» de Eno). Eso pensaba J. M. Cirlot mientras se concentraba en la portada del elepé y se preguntaba si había alguna portada de Bowie donde no saliera Bowie. Ahí está, con su chupa de cuero negro; es un plano del busto en escorzo, en blanco y negro, que le muestra con un peinado, en 1977, que llevarían todos los modernos en 1982; ocupa la mitad izquierda del cuadro y, como siempre, destaca la diferencia de tamaño de las pupilas, la fijeza de la mirada y, sobre todo, el gesto de las manos: con la derecha se cierra el cuello de la cazadora de forma protectora y sincera, y la izquierda se eleva ocupando la verticalidad de la otra mitad del cuadro con un ademán autoritario, rígido y, si fuera necesario, mandando a tomar viento.

Para Cirlot, la actitud de Bowie no es la de un frágil artista expuesto al vampirismo de sus devotos. Y eso probablemente atrajo a Fripp. Bowie tiene tal carisma que es él quien, por el contrario, aspira a exprimir toda la energía de su entorno, como en El ansia, la película donde encarna a una sanguijuela que se alimenta al ritmo del «Bela Lugosi's Dead» de Bauhaus. Fripp admira esa energía, al tiempo que la teme en las multitudes. A él le parece que Peter Hammill la ha descrito perfectamente en «Energy vampires» (la terrorífica canción de The Future Now), pero lo cierto es que Hammill consigue no sólo describir el ansia del fanático, sino devolverla con sarcasmo. Fripp sólo se atreve a prohibir que se fume en la sala, a prohibir los flashes de las cámaras, a prohibir... que exista el público (por mucho que comprenda que en la maravillosa Ciudad Suspendida, en ese espacio milagroso que se produce en la experiencia estética, se necesita el triángulo completo: música, músico y oyente). En cambio, Bowie encarna la fantasía del fanático y se yergue en el escenario, por encima del bien y del mal, y proclama su relación con el público: «Yo seré el rey, y tú serás la reina», sin turbación, con chulería de proxeneta parisino.

En Berlín, Eno y Bowie visten de luto riguroso; son dandis por la actitud, por la vestimenta, por la opción artística; viven y duermen ante un espejo; aspiran a ser sublimes sin interrupción. Fripp es una guitarra que razona y se emociona, pero aún no ha sido capaz de replicar el dandismo de sus compañeros, cosa que le hubiera servido de máscara de sí mismo y protección frente a la energía vampírica. (En 1977 apenas se ha quitado la barba y el bigote. Pero un año después ya lo conseguirá, pues en ese período de Impulso hacia 1981 se hace un corte de pelo que elimina los rizos y semeja un casco cibernético, usa traje y corbata y parece recién salido de una tienda florentina. Y comienza a hablar por los codos.)



―A ver, a ver, no nos pasemos... ―Fripp tomó la cubierta de «Heroes» en sus manos.

―No pretendo ser insolente, pero... no me diga que no hay un cambio de actitud entre el rey Crimson y el discípulo de J. G. Bennett ―se defendió Cirlot.

―Usted ni pretende ni deja de pretender, pero ahí lo deja, por si cuela. Así que no me venga con disculpas. En fin, lo que quería es llamarle la atención sobre las comillas de «Heroes».

―No se ponga estupendo, Fripp. No le dé más importancia. Al fin y al cabo, una palabra como esa siempre debería llevar comillas. Hábleme mejor de la música. 

―Ah, usted es de los que creen que, de la música, se habla. Ande, tome ―dijo alcanzando a Cirlot un diminuto aparato y unos auriculares.

El detective siempre había pensado que Fripp sólo tocaba en las piezas cantadas del disco y sólo en la primera cara. Pero esa verdad era inescrutable, porque, una vez alterado por Eno, cualquier instrumento puede transformarse en un ventilador ambiental. Sin embargo, lo parecía. Parecía que la segunda cara integrase una suite de Bowie-Eno (incluida «Secret Life of Arabia»), en la que no fuera necesaria la participación de la característica guitarra de Fripp. Pero el agente no tenía pruebas que lo demostraran. Sólo el precedente de la segunda cara de Low, donde así había ocurrido ya con anterioridad.

En la primera cara, el guitarrista se luce: «Beauty and the Beast» es el descubrimiento del mugido y del zumbido industrial (cosa que Adrian Belew recogería con devoción como sustituto de Fripp en la consiguiente gira, y en sus apariciones con Talking Heads, y en su encarnación de edecán en la corte del Rey Crimson de 1981). La bestia quiebra los estratos de la corteza terrestre, rompe la cuadratura del ritmo, pespuntea a golpe de ventilador y hace que brote la lava del volcán. «Joe The Lion» muestra el dibujo de la guitarra como aliado del ritmo; teje una frase machacona que raspa y luego, en el solo, cose las frases con el vértigo de un remolino, para rubricar. «Heroes» es una brisa melódica; regala la melancolía de una historia de amor. ¿Qué dices? Y la guitarra trina y planea con voz de pájaro-flauta mecánico. En «Sons of the Silent Age» no hay rastro de los volatines frippenses. Y en el cortocircuito de «Blackout» se recupera la guitarra irritante de «The Night Watch», esa que siempre quiere meter sea como sea y a veces no le dejan; el zumbido industrial deriva de esa violencia y se enosifica, contrasta por completo con los ritmos casi bailables. Cortocircuito. Maestría. ―Oiga, Fripp, a mí me parece que con ese disco se da una ducha refrescante y sale como nuevo.

―Sí, sí. Ahí comienzo a sentirme completo y en camino. Me doy cuenta de que soy capaz de hacer pop. Y además me llevé un baño de autoestima muy gratificante. El señor Bowie es un hombre de excelente gusto musical, lo adoro. Pero no lo conozco muy bien. Brian Eno es mi amigo, hace años, y él es amigo de David. Pero, aunque yo a David lo considero un hombre muy atractivo, no tengo con él la misma intimidad que con Brian. Sin embargo, somos tres personas similares. Tenemos más o menos la misma edad, provenimos de familias de parecida extracción obrera. Los tres pertenecemos a esa raza perspicaz de artistas que se autopromocionan y hacen publicidad de sí mismos. Los tres aceptamos la responsabilidad de tener sentimientos, y por eso mismo tratamos de disfrutar sin necesidad de exponer o desnudar nuestros propios sentimientos. Los tres somos muy sensibles, y al mismo tiempo tenemos la capacidad de ser tan fríos y cortantes como un diamante pulido. En efecto, del mismo modo que el diamante, tenemos muchas facetas, y podemos ser encantadores, pero también tajantes.


domingo, 12 de mayo de 2013

Antonio Vega. Esperando nada

Ayer mientras caminaba sonaron consecutivas tres canciones. La primera de un cantante muy conocido y popular, de los que llevan años llenando recintos y vendiendo discos llenos de canciones pero vacíos de contenido. Era una de sus primeras canciones, una que me hacía temblar cada vez que sonaba allá por los ochenta, con una letra directa, sincera y desgarrada. Mientras sonaba comprendí porque ahora no me gusta. Sus letras actuales están llenas de "metáforas imposibles", abundan en palabras bellas engarzadas pero carentes de significado.

Le siguió una pieza del último disco de un cantante ahora muy de moda, que ha trabajado intenso para hacerse un sitio, que ha soportado muchos vaivenes y se ha mantenido siempre a base de canciones, muchas de ellas sobresalientes. Lamentablemente, no era su mejor canción, era una de esas que cuando suena en directo todo el mundo corea, pero que cuando te sientas a pensar, sólo tienen significado unos pocos versos, el resto sólo están de relleno. Luego la disfrazan con guitarras chirriantes para disimular que no tiene ni gota de voz y así sus palmeros dicen que lo suyo es "rock and roll"... ¡Bueno!... ¡Será!... Probablemente yo no entiendo. Me falta cultura musical sin duda. Sólo soy un simple aficionado, me dejo llevar por lo que siento.

Finalmente sonó "Háblame a los ojos" de Antonio Vega y se cerró el círculo. Un tiro directo a los circuitos más antiguos de la memoria, algo se conectó en mis sinapsis y alumbró la diferencia. Antonio no necesitó nunca de esas "metáforas imposibles" para sus canciones, decía las cosas directo y mirando a los ojos y en claro tono rockero. Yo diría que nunca quiso ser cantautor, que otros lo encumbraron como tal. Seguramente la crítica y algunos fans vociferantes sobrados de hormonas (casi siempre femeninas...¡Perdón!) y su merma en la voz le llevaron a esos terrenos de las afueras, alejados de los medios. ¡Pero como lidiaba al abrigo de las tablas! No salía más allá por timidez.


Antonio hizo siempre sus canciones por necesidad, para comunicar, para deshacerse de sus introspecciones y locuras... y también para vender, para  tener dinero para sus vicios y para tratar su enfermedad. Cada disco le costaba entre tres o cuatro años, por eso sólo grabó cinco en quince años. Nunca intentó ser un "cadáver bonito" pero el título de este disco ya entreveía una despedida futura temprana. Esa que se produjo hoy hace cuatro años. Yo no lo recordaba, pero siempre hay alguien al tanto de las efemérides y un bloguero le dedicó hoy unas palabras y una canción de ese primer disco.

El vinilo llevaba sobre mi mesa desde ayer esperando ser seleccionado, en el dorso todavía viene la etiqueta de "El Corte Inglés" con su precio "PVP 1525", se puede ver perfectamente en la foto adjunta. Lo compré el mismo día que salió en 1991, no necesité ninguna apología para ello. En casa hemos sido seguidores de Antonio desde sus primeros días y seguimos y seguiremos siéndolo. Seguramente nos hemos identificado mucho con su introspección, con su dificultad para comunicar sentimientos al hablar, con ese barullo de pensamientos por dentro.

El disco, sin duda, es el mejor de toda la carrera de Antonio, por lo menos el más completo de cabo a rabo y el más rockero. También es el último que compré de él. No sé porqué, no lo recuerdo.

La segunda del disco es sensacional y la tercera y la cuarta y... Muestras de rock guitarrero de tamaño olímpico, impecablemente grabadas, como todo el disco. Para la historia.


Ya no sigo escribiendo más. No tengo palabras mejores que las suyas, sólo estaría dándole vueltas a palabras ininteligibles, a mundos paralelos, ahondando en mis metáforas imposibles (yo también las tengo). Os dejo las canciones para disfrutarlas, para que las comparéis con algunas de los supuestos rockeros actuales. Fue tan bueno que hoy hubiera sido un desconocido.

"Lo mejor de nuestra vida"

"Tesoros" Un baladón con Tino Di Geraldo en la batería. "Me inclino por dudar de los adjetivos, la verdad. "

"Síguelo"


"La última montaña" En una versión en directo esplédida, con toque bluesero que recuerda en su inicio a temas de los Allmann Brothers. Aunque le falla la voz.

"Se dejaba llevar por ti".

"Guitarras". Pues eso... lo que nos gusta a todos... seis cuerdas bien afinadas.

 "Mis dos amigos"

"No me iré mañana". Premonitoria culminación. Se resistió todo lo que pudo a marchar. Adherencia salvaje a la vida.


"No. No me iré mañana. No. No sin algo más que ver. No me iré mañana. No. Aún es pronto para envejecer. No. No me iré mañana. No sin alguien más que conocer."

PD: Hoy nos ha dejado Constantino Romero lo conocí como locutor musical en los años setenta en Radio Barcelona. "Sayonara baby". Su voz no nos dejará ni mañana ni nunca. Las voces dan confianza, respeto y veneración.

viernes, 3 de mayo de 2013

Exposure. Una exposición de Robert Fripp




El agente Cirlot abrió los ojos después de oír como la aguja del tocadiscos tropezaba con el reborde de papel. Entonces se fijó en que, justo antes del papel, había unas palabras grabadas en el vinilo, como rascadas con una fina aguja; apenas se podían leer a contraluz. Era un aserto de J. G. Bennett: «El objetivo es libertad, consciencia y verdad» (detalle que sólo se podía comprobar en la primera edición del vinilo). ¡Pluk, pluk! Guardó el disco en la funda blanca donde figuraban impresos los créditos del disco, las explicaciones de Fripp, y las letras. Guardó la funda con el disco en la carpeta de cartón con la foto de Chris Stein sobre la proyección del vídeo de Amos Poe. Le dio la vuelta y vio la contraportada: la foto donde Fripp parece desconfiar de lo que pueda haber a su derecha. Cuando se giró hacia la mesa, para consultar con el protagonista, ya no había barra de bar, ni mesas. Tuvo que moverse a tientas, puesto que reinaba la oscuridad. Pero por suerte, los destellos de luz de una pantalla gigantesca le mostraron una platea de butacas. Allí encontró de nuevo a Robert Fripp.

―¿Qué es lo que temía en ese momento, señor Fripp?

En la pantalla del cine-club (ahora ya estaba cómodamente sentado en una butaca, junto al guitarrista, hipnotizados ambos por el resplandor de las imágenes), la carota de Fripp pestañeaba. Se trataba del vídeo que había hecho Amos Poe para la promoción de Exposure.

―Bien, esa contraportada..., la foto de esa contraportada pertenece a la serie que hizo Chris Stein mientras Amos preparaba Alphaville y mi propio vídeo, que puede contemplar usted mismo, ahí delante. Es una reproducción parcial de la foto, en realidad. En una de las tomas originales (que he mostrado en los archivos de mi compañía digital, DGM Live), se ve que detrás de mí, a mi derecha, está Natasha von Braun, la devora-incautos. Ella no está pendiente de mí, pero yo la presiento. Es como en una pesadilla en la que estoy a punto de darme la vuelta para contemplar, frente a frente, al monstruo.

―Ah, sí. Pero en la foto del Club de King Crimson, su mirada es mucho más dulce, yo diría que melancólica. Y Natasha von Braun (Deborah Harry) no parece muy interesada en hacerle daño. Más bien parece que le desdeña y que esté dispuesta a no mirarle más a la cara.



―Sí. Bien, en esa toma, en la que encarno a Lemmy el Cauto, es como si ya hubiera mirado al monstruo y hubiéramos vuelto a la posición de partida, como en una remake de las penas de Sísifo. Pero es imposible olvidar a la Medusa. Y se me nota la nostalgia triste, y el desengaño, y la frustración.

Cirlot comprendió que el guitarrista no tenía más ganas de hablar y se quedó pensando en sus últimas palabras: nostalgia, desengaño, frustración... Exposure era una obra maestra precisamente por eso, por su capacidad de mostrar las dos caras de la moneda: la belleza fugaz, el desengaño y la violencia de la frustración.

El disco es un collage expreso. Son trozos de vida arrancados del silencio y organizados para medir los altibajos del alma. No se aleja de un documental filmado en sonido donde se da una repaso a la vida sentimental de una pareja en medio de la esquizofrenia urbana y se ofrecen respiros de hermosura sentimental y espiritual.

«Tú me enciendes el cigarrillo» es una letra de Robert Fripp (autor únicamente, al parecer, de esta canción; del primer verso de «The Great Deceiver», de King Crimson; y de «Under Heavy Manners», del medio-disco homónimo). Es un rock and roll frenético cantado por Daryl Hall. Sin concesiones. El fraseo repetitivo es ligero, y cremoso. La canción desarrolla una especie de declaración de machismo lleno de humor, y se para de pronto para dar voz a Shivapuri Baba, una voz que interviene de manera milagrosa, porque en su brevísima sentencia consigue dar el toque aéreo que la levanta. «Breathless» es probablemente el mejor instrumental de heavy-Fripp que existe, junto con «Red», de King Crimson. La aportación del órgano y los frippertronics proveen a la música de una capacidad de elevación en el aire que la llena de riqueza en texturas. Provoca en el oído la sensación de que es pesada y ligera a la vez, de que es un tren de mercancías avanzando a toda velocidad hacia su destino, pero, al rodar por los raíles, el tren canta. «Disengage» continúa con el empuje glorioso de la anterior, pero ahora, además, suma la intervención melódica de la voz de Peter Hammill. ¿Melódica? La desesperación en su forma de vocalizar es propia de un demente. No es extraño que Johnny Rotten le tenga en el santoral. La canción habla de una situación extraña, como de juicio familiar en que el hermano pequeño va a salir escaldado y su institutriz será la que elija el instrumento de tortura. Jamás la palabra metáfora había sonado tan siniestra y jamás un grito había rematado una canción de esta manera, dejándote con el corazón encogido de miedo. Pero, gracias al cielo, llega el indulto; llega el reposo de una hermosura sin igual. «North Star» es una balada frágil, cantada de forma magistral por Daryl Hall. Guitarras cristalinas y paisajes de pedal steel que se extienden hacia la Estrella del Norte. Una belleza que tiene que llegar a su fin. A su fin. «Chicago». Un blues pesado, donde el shuffle lleva unos grilletes en los tobillos atados a una gran «bola y cadena». ¿Pero Fripp toca, de verdad, un blues? Sí. Irreconocible para los puristas, pero es un blues. Hammill sigue igual de sombrío, aunque ya no grita dentro de la celda acolchada, sino que analiza una relación de amor. Y tensa la cuerda, hasta que la voz se quiebra y brota el llanto. «NY3». Una grabación real de una pelotera familiar en la Cocina del Infierno, en Nueva York. La desazón y la cacofonía están a punto de romperte los nervios. El grupo, a toda máquina, y la alienación urbana a flor de piel. Ah, pero todo se arregla. Se necesitaba este respiro a la brutalidad de la vida moderna. «Mary» es la canción más hermosa escrita por Fripp desde «Book of Saturday». Es tan delicada que se permite hablar de la familia con dulzura, de la humanidad como algo amable. ¿Cómo pueden los frippertronics aportar este grado de dulzura? (ayudados por la aterciopelada voz de Terre Roche, que lo borda). Dios, qué maravilla. (La melodía, por otro lado, es de Daryl Hall.) «Exposure». Sí, la canción que dio lugar a todo esto. Pero no la canta Peter Gabriel, ni Daryl Hall, sino Terre Roche (dice en los créditos que su voz está fritched por Fripp, sea eso lo que sea). Es imposible alcanzar la meta sin sufrimiento. Y sufre, desde luego; cuando canta, sufre. Y la sección de ritmo pesa, pesa como una tonelada. Pero el groove funky de Sid McGinnis actúa para darle un toque sensual que la alivia, la engrandece. El grito de Terre Roche pone la piel de gallina. Eso es terror a verse expuesto, sin duda: Robert Fripp travestido en una joven asaltada en medio de un callejón oscuro. Sí, Fripp se expone en este disco, pero también nos expone a nosotros a sus miedos. «Haaden Two» es un collage de insertos de grabaciones de voces distintas y un fraseo musical que se dirige a ninguna parte. Un interludio de interludios. Un comerse las uñas en la sala de espera. Y según Eno, una progresión de acordes increíblemente patética. Al final, se parten el pecho. El histerismo estalla en carcajadas. Un compás de espera mucho más plácido. «Urban Landscape». Con ese título, ¿será verdaderamente plácido? Son frippertronics puros, dulces. Pero breves. De inmediato se da paso a la violencia de «I May Have Not Had Enough of Me But I Have Had Enough of You». Peter Hammill y Terre Roche se pelean por decidir de qué manera es esa manera. Un juego ingenioso que emula el una rosa es una rosa es una rosa, de Gertrude Stein. Un círculo vicioso en la pareja. Ah, pero a ella se le ocurre parar un momento y decírselo bien claro: «Estoy harta de ti». Otra parada para descansar del estrés. La «Música acuática», no la de Haendel, ni la de Telemann, sino la de los frippertronics de Fripp, acude para anunciar con la voz de J. G. Bennett que el calentamiento global llevará a una inundación de las principales ciudades costeras. Es una voz profética que habla desde las nubes frippertrónicas. Escuchemos. «Ahí viene la inundación» es la culminación del disco. Peter Gabriel canta esta extraordinaria canción. Apenas un piano y frippertronics. Un final sentencioso. Pero dentro de las lecciones de psicología, y filosofía, y sociología..., dentro de la muestra documental que es este disco, está la gran calidad de sus canciones. Como en este caso. La soledad y, sin embargo, la esperanza. Gabriel remata con una de sus mejores piezas. Y llega el epílogo musical, la segunda parte de la «Música acuática». Frippertronics como terapia sedante para la fuerte experiencia que se nos ha mostrado y que se nos ha hecho padecer y disfrutar. Música dulce, repetitiva como las nanas amorosas, y algo así como el planear de aves de grandes alas.

sábado, 27 de abril de 2013

The Ramones. Un fin de siglo anticipado.



Era una fiesta de la revista de un partido político de izquierdas recién legalizado. Coincidía con la semana de las entonces musicalmente inexistentes fiestas de la Merçé. Era Septiembre de 1980. A alguien se le ocurrió la idea de montar un concierto, no debía tener ni idea porque no se le ocurrió nada más inteligente que juntar a gente como "The Ramones" con Mike Oldfield.

De teloneros de relleno estaban "Los Rápidos" y Diego Cortés. Claro que entonces valía todo y lo importante era salir, oir música y desinhibirse. En esa época los rockeros y punkies de verdad gritaban "¡Marcha, marcha!!!" en los conciertos y no se conformaban. Aquello se llenó, dicen las crónicas que 150.000 personas y claro se mezclaron tipos de toda calaña, chicos de barrio vestidos de rocker, punks de carne y hueso, incluso obreros y un buen montón de pijos universitarios disfrazados de progre.
Montjuic en esa época era un sitio bastante degradado, nada limpio, sólo conocido por su parque de atracciones, el Pueblo Español, el teleférico, el castillo, las carreras de motos y coches, algunos edificios ruinosos y... el examen del carnet de conducir. Mejor no pasear de noche por esos andurriales, te podía pasar algo. Podían aparecer tipos raros. Ese día tomó la alternativa como sala de conciertos improvisada.
A alguien se le ocurrió la idea de ir porque era lo moderno, lo progre y en aquel ambiente se podían fumar unos porros, beber al aire libre y dar rienda suelta a los sentimientos reprimidos durante el curso académico universitario y daba lo mismo no tener ni idea de quien tocaba. Alguno pensaba que "Los Ramones" era otro grupo español que actuaba como telonero del entonces apreciadísimo Mike Oldfield. Lamento decepcionaros amigos pero ese era el músico estrella en esos días de todos aquellos supuestos izquierdosos. Por cierto, que mal vestían las modernas en esa época en la que todos eramos comunistas, lucían todas auténticos uniformes antivicio, ni rastro de maquillaje ni de tacones ni ropa interior de encaje. Y es que en esos tiempos, de música nadie tenía ni idea y de otras cosas tampoco.
Yo era el único que conocía la verdadera identidad Ramoniana, que todo el mundo descubrió al aparecer en escena ante una bandera con un águila y estrellas. ¿Os lo imaginais? Una fiesta comunista y, por supuesto, antiamericana (Yankees go home!), con todo el mundo esperando la suavidad y amplia longitud de los temas de "Campoviejo" para elevarse entre aromas de sustancias prohibidas adictivas y aparecen esos tipos chillando y cantando unas treinta canciones extraordinariamente cortas, intensamente parecidas, disparadas como auténticos torpedos y sólo separadas por breves sonidos guturales. Ni una concesión al descanso, ni al público, ninguna balada.
La escena era de risa. Increíble, se quejaban como mi padre de aquellos melenudos cantando. Y yo, callado, ausente, con todos mis nervios pendientes, vibrando, embelesado. Tarareando las canciones y algunos cuentan que me vieron chillando "Hey, ho, let's go". Me dejaron auténticamente KO, totalmente boca abajo.

Luego todo se puso en su sitio, después de una interminable espera me dormí tumbado en el césped mientras tocaba Mike Oldfield, soñando volver a ver a aquellos greñudos gritones. Nunca pude volver a hacerlo.  Fue uno de mis primeros conciertos, todavía no puedo olvidarlo.

No eran punkis, ni rockers, ni mods, ni españoles, ni siquiera eran hermanos.

domingo, 21 de abril de 2013

Javier Bergia. Un devoto de la música merecedor de más devotos





Es imposible escribir un artículo sobre un disco de Bergia, no sólo porque haya varios demasiado buenos, sino porque no siento que mi vinculación con él sea por un sólo disco. Aparte está la dificultad para encontrar material para incluir como ejemplo. Es decir, que la necesidad de incluir a Bergia en el cofre de recuerdos es más imperiosa por la importancia de su reivindicación que por el juicio crítico de uno de sus discos o por la facilidad de escucharlo en internet. 

Soy un incondicional. Cuando alguien te hace disfrutar tanto, ¿se le debe algo, no? Quede claro, desde el principio, que desearía que todos los que lean este artículo salgan disparados a adquirir por cualquier medio la música de Javier Bergia (ojo, sobre todo la que es de su cosecha; a mí me encanta lo que hace en el terreno instrumental, con Luis Delgado, etc., pero eso es algo que merecería otra explicación). 

A ver, no sé si me quedé con su nombre o no, pero recuerdo perfectamente que me gustaba la serie de televisión Media Naranja y que la canción de la serie (Chico busca chica, chica busca chico) me traía un nosequé de nostalgia de una vida que aún tenía por vivir. Creo recordar que entonces yo era joven. Es una serie que vi aún en casa de mis padres.

 

Y entonces (corría 1989) escuché en la radio que Javier Bergia había publicado su tercer trabajo: Tagomago. Lo hizo público Ramón Trecet, y también José Miguel López. Y comprendí que este autor era el mismo que cantaba Media Naranja, y que musicalmente iba muchísimo más lejos que el pop de cantautor. Había algo de new age, y de folk, y de rock de guitarras, e incluso un poquito de King Crimson. ¡¡¡Guau!!! El disco se convirtió en un habitual de casa.



Entendamos el contexto. Grabaciones Accidentales (Esclarecidos, Golpes Bajos) editaba un disco de alguien que se rodeaba de músicos de culto (no sé a qué me refiero, pero supongo que era gente que uno veía en los discos que le gustaban sin ser los titulares) y que hacía música hermosa, inteligente y extrañamente revigorizante. «El colegio de Alvarito» es una maravilla sin discusiones. ¡Fuera prejuicios! Jamás me había sentido tan cerca de una música que es popular y culta a un tiempo. Una canción infantil clavada en el corazón.

 "El colegio de Alvarito"


Además, el disco aportaba una ración de poesía y belleza musical fuera de lo común. Y si no, escuchad esta obra maestra absoluta. 

«La oración y el té»


En fin, si añadimos la fuerza de la guitarra eléctrica en «Midnight Round Mekiness» y «Frente Minskins», Tagomago fue un hallazgo brutal, completamente inesperado para un devoto del after-punk que justamente había empezado a trabajar ese año y podía comprarse los discos con su propio dinero. 

En cuanto vi La alegría del Coyote en una tienda de discos, me lo compré. Y hallé que la maravilla tenía una explicación histórica, pues éste era el disco anterior, de 1988, y tenía la misma dosis de inteligencia, de melodía arrebatadora, de pop nunca oído, pero carecía de la tendencia new age y casi ni se notaba el folk. A ver, ¿qué se puede esperar de un disco donde la sección rítmica estaba formada por Billy Villegas y Tino di Geraldo? Ya sé, ya sé. Pero para mí eran músicos con el prestigio gigantesco de pertenecer a la nómina de mis preferidos (esa nómina que uno se apunta mentalmente leyendo los créditos de los discos, atendiendo a la intervención de los instrumentos, juzgando como algún músico afecta radicalmente al sonido). 

«Nunca te dije»


Amigos, escuchad ese final instrumental a todo trapo, con una batería que te pone los biorritmos en órbita... 

Me grabé esos discos en cassette y los escuchábamos en el coche familiar (un supercinco) día sí, día también, de tal forma que casi nos los sabíamos de memoria. Puedo decir que esa costumbre duró hasta que los coches dejaron de tener radiocassette. 

Y hasta escribí una carta de fan. ¿La respuesta? ¡Javier Bergia me envió personalmente un paquetito con una cinta grabada con su primer disco, que ya estaba descatalogado! Aún lo conservo, por su puesto. Está escrito de su puño y letra (vamos de la misma forma que se hacía cuando le grababas un disco a un amigo). No sé cómo se llama ese primer disco: ¿Recoletos? Es igual. Me grabó una versión con canciones que habían quedado inéditas y con un trozo del primero de Finis Africae (con ellos lo vi en directo en Barcelona, tocando el bajo, ya no sé en qué año). Luego me he fabricado copias de seguridad, lo he bajado de internet, etc. Pero jamás he podido comprarlo. 

«Recoletos»


En fin, y llegó la época de los cedés. Así que todo lo demás (prácticamente todo) lo adquirí en formato digital. Y tiene varios discos: Caracola, Noche Infinita, Cedaceros 4, Rupairú (instrumental), varios recopilatorios jugosos, etc... ¿Que nadie les hace caso? Bueno, yo sólo puedo decir que son extraordinarios, que trascienden con claridad el universo cantautoril (sobre todo los primeros cuatro discos) y que poseen la claridad de un castellano directo a la sensibilidad, la inspiración de la melodía pegadiza y la sabiduría de un músico que ha llegado a hacer giras como percusionista de un grupo de música antigua como Atrium Musicae (el grupo de los Paniagua, puede que esto no signifique nada para muchos, pero quiero señalar que Bergia pertenece a una estirpe de músicos que no se limitan a rascar unos acordes y tararear un letra, sino que viven por completo la música, la estudian, la adoran). 

Atended a esta maravilla de Caracola (disco impagable que encima ha sido publicado en dos versiones: 1993 y 2009). 

«Un obsequio del universo»

Para acabar, ¿qué disco recomendaría para iniciarse en la degustación? Creo que dos recopilatorios son ideales: 25 años y Antología. De entre los últimos, Cedaceros 4 es de mis preferidos. ¿Quién es Javier Bergia? Uno que acompaña a Ismael Serrano...; sí, sí, aquel tío que hacía costumbrismo madrileño...; no, no, el adaptador de poemas medievales...; sí, por qué no, aquel tipo cachondo, melancólico, de buena cuchara..., alguien ya resabiado y, sin embargo, lleno de humor..., o precisamente... 



 http://www.rtve.es/alacarta/videos/los-conciertos-de-radio-3/conciertos-radio-3-javier-bergia/389151/

viernes, 5 de abril de 2013

The Jazz Butcher Conspiracy. Nada especial

Llevo días intentando escribir una entrada, buscando las notas a las que asociar unas palabras y no había manera. No notaba "Nada especial".  Un hueco, falta de inspiración. Esa extraña sensación que notas el día que te das cuenta que algo (una afición, una lectura, una canción, una persona) que te emocionaba fuerte, que te daba la vuelta al corazón, ya no significa nada.  Empezaba a estar preocupado.

Tenía un montón de palabras y canciones reunidas en madejas, acumuladas, pero cada vez que tiraba del hilo se me encallaba... "Nada especial". Eso pensaba y sonó en el iPod "Angels" de los "Jazz Butcher" y me dí cuenta que era esa la entrada que me buscaba.

Los Jazz Butcher son un grupo inglés de los ochenta que tuvieron un éxito limitado. Probablemente porque nunca se acabaron de creer su linea argumental musical y esa falta de autoestima les restó posibilidades. Es probable que su estilo hubiera encajado mejor en la música "indie" actual (¡Por cierto! ¿Qué estilo es éste?) que en la época postpunk.

No sé si mi interpretación es cierta pero tengo la sensación que les faltaron apoyos por todos lados: de su público, de las discográficas y por supuesto de ellos mismos. Se nota incluso en el nombre del grupo que ha tenido hasta tres denominaciones: "The Jazz Butcher" a palo seco o añadiéndole "Conspiracy" o "And His Sikkorskis from Hell"(Wikipedia dixit). Su página web carece de florituras, aunque la siguen actualizando y siguen actuando.

"Disstressed gentlefolk" es el primer disco (aunque es el cuarto) que se editó de ellos en España, en 1986, y lo compramos de inmediato. No sé porqué. Estoy seguro que no había oído ni una canción. Cabe en lo posible que esa portada con el dibujo de un hombre bien vestido, atado a una bella mujer en la grupa de un caballo azuzado por algunos malvados, cabalgando en dirección a un abismo, influyera en ello. Esa imagen de cómic me resulta todavía muy atrayente y me gusta mirarla embobado mientras suena en el giradiscos.

Curioso el título del disco que hace referencia a una ONG británica de finales del siglo XIX y que sigue en activo hoy en día. Seguramente es un guiño del líder (Pat Fish, The Butcher) que, visto el tono humorístico de alguna de sus letras, diría que es un cachondo.

La producción es sencilla, sin alharacas, ni excesos. Seguramente por falta de medios, pero suficiente para que se vislumbre a unos jóvenes intentando ordenar sus ideas, dubitativos, buscando su sitio en el mundo, con ganas de divertir y divertirse. Parece ser que lo hicieron demasiado porque se pelearon ("The Zurich Incident") y eso supuso la salida de la banda del guitarrista, vocalista y compositor Max Eider que siguió en solitario con alguna interesante propuesta. Parece que con los años se arreglaron algo y han vuelto a colaborar juntos ocasionalmente.

El grupo continuó con el que, probablemente, es su mejor disco: "Fishcoteque". Un juego de palabras con el apellido del principal componente. Caracterizado ya, por un estilo musical más definido con tendencias claramente pop y probablemente algo más comercial.

"Falling in love" inicia el disco. Una tonada con aires folk. Armonías vocales para corear alegres los amigos, incluso sin música, al salir de marcha. Un inicio de ritmos optimistas aunque "There's a real bad case of too much falling in love".

Le sigue "Big bad thing" que persiste en el buen humor rítmico pese al título, aunque con un estilo claramente diferente a la primera, suenan un poco "punk". Esas cervezas deben estar comenzando a hacer efecto.

En "Still in the kitchen" encuentran su sonido más característico y que luego explotarán en sus otros discos. Comienza lento, igual es una balada, las guitarras suenan un poco siniestras al principio para luego tornarse espinosas con punteos de aguzado cristal. Una canción que encierra referencias a otra canción en su interior ("The ballad of Lucy Jordan").
"Hungarian love song" no es una balada aunque por el título lo parezca, retoma el optimismo del principio muy en la linea del grupo. Acaban de tener clara su identidad y van a explotarla en cuanto se den cuenta.

"The new world" los vuelve intimistas. Las percusiones recuerdan otros estilos musicales, la podría interpretar cualquier cantante más clásico. Aporta variedad al conjunto del disco.

"Who loves you now" ahonda en ese estilo más clásico. No parecen un grupo de los ochenta y mucho menos de pop al uso. Predominan las armonías vocales, el "dudua" que tanto gustaba en décadas anteriores y los teclados. Una de las mejores del disco para abrir una cara "B" monumental.

En "Domestic Animal" ya van lanzados, después de varios titubeos y pruebas de varios tipos han cogido carrerilla. El disco es suyo y lo van a demostrar sobre todo en las guitarras y los coros del final.

"Buffalo Shame" no la encuentro. ¡Mala suerte! Parece que va a ser instrumental por su larga introducción que recuerda a la banda sonora de algún "western". Aparece por primera vez la flauta sustituida al poco por unas guitarras absolutamente sesenteras. Corean más que cantan, la voz es un instrumento más.

El rasgueo inicial de la guitarra anuncia algo excepcional y aunque tiene por título "Nothing Special" es realmente especial. Pop juvenil, facilón, contagioso, irónico, algo presuntuoso y cínico (como corresponde a las edades tempranas). Miradas espías, sentado en un tren, con las que me identifico totalmente, riéndose interiormente de todo y todos. Ahora que somos más mayores ya sabemos que nos limitaremos a repetir, sino los mismos, parecidos errores.

"The name of this train is the Nothing Special
It's just an ordinary train
A very ordinary train
Just like all the others; just a very ordinary train"

Sin pausa respecto a la anterior. La han dejado para el final porque saben que es la mejor, es la canción que les hará perdurar por siempre. Una melodía claramente nocturna en contraste con la luz diurna que claramente desprende la previa. El tema crece progresivamente con esos ángeles vestidos de negro que siempre están en el interior y a los que quisieras abrazar. Aumenta el número de instrumentos, aparece el saxofón para diferenciarla, para hacerla siempre mía, siempre tuya (si quieres). Una canción que a mí me ha dado muchas vueltas desde el primer día y que no me va a soltar. Uno de esos pequeños trozos de alma alojados anónimamente en la red para cualquiera que la quiera encontrar. Según Fish: "Written on the morning that news broke about Reagan's bombing of Tripoli."

"I can see them.
Here they come now.
There's thousands of them.
They're bearing you up.
They're holding you up.
I want to hold you in my arms."