martes, 6 de noviembre de 2012

Magazine. Una canción se arrastra desde el sótano





Mi hermano compró el primer disco de Magazine, Real Life, en cuanto salió. Fue por recomendación del Vibraciones. Uno leía una crítica y se echaba al monte. Y de hecho, años después, cuando todo el mundo (considerando el mundo como un espacio muy pequeño de aficionados al rock) decía maravillas del carácter seminal de este disco y del paso adelante que representaba con respecto al punk, y cuando alguien señaló que apenas se habían vendido un puñado de copias en España en 1978 (quizás se demoró hasta el 79, no me acuerdo), mi hermano declaró partiéndose el pecho que, entonces, él era uno de esos cinco o seis «afortunados». 

Pero no fue fácil entrar en el «almacén» de Howard Devoto. Real Life era un disco muy variado, con canciones muy atractivas, pero también con piezas extrañas, que exigían repetidas escuchas (pero, ah, aquellos eran los tiempos en que los discos se ponían a girar una y otra vez, porque había que amortizarlos, porque uno se empeñaba en descubrir su secreto). A mí me hechizaba la portada del disco, y los títulos de las canciones. Pero algo en la mezcla hizo que tardara en degustarlo con absoluto placer. De hecho, tuve que realizar una operación retrospectiva: Cuando me rendí sin condiciones a su tercer disco, empecé a entender y a disfrutar de verdad el primero. 

Si no me equivoco, el segundo y el tercer disco de Magazine sonaron en casa en cassette, por gentileza de algún amigo (años más tarde me hice con sus respectivas copias en cedé y en plástico). Y en este caso no hubo duda. Al menos, no la hubo para mí, sobre todo en lo que atañe al tercero: The correct use of the soap. En 1980 (quizá en el 81), en casa, sonó a todo volumen «A song under the floorboards». Era la misma época en la que el «Disorder» de Joy Division nos había encandilado. Comparad los fraseos de guitarra. Eso era crear escuela (en un curso donde no era necesario ser Jimmy Page). 

A partir de ese momento, descubrí que la mezcla entre punk, teclados tecno y ritmo curvilíneo funcionaba de maravilla, y me hice incondicional de este disco, además, por la aparición de Laura Teresa en las segundas voces (porque si hay algo que tengo claro en este mundo, es que las segundas voces pueden definir una belleza que está ahí, en la canción, pero que sin los coros no llega a asomar. Es algo que me dejó patidifuso y absorto en el caso de Hatfield and the North y sus Northettes (Barbara Gaskin, Amanda Parsons y Anne Rosenthal), o más recientemente, con Absentee. Y ahora, con Laura Teresa, me sonaba a gloria eterna que me hurtas el cuerpo. Por favor, aquí no cabe todo, pero esa magia se multiplica en el primer disco en solitario de Devoto, Jerky versions of the dream: de lujo. Que no se queje quien no se dé por avisado). 

En Magazine, el sonido frío impera; la voz es punk, se burla, recita, escupe y se retuerce; los teclados crean un espacio de nevera y terrenos baldíos, y se retuercen; el bajo rebota y baila, y se alía con la batería (simple, poderosa) para crear un entramado de ladrillo obra vista (pero lo destruyen y también vuelan), y se retuercen; la guitarra chirría y crea tejidos de agujas hipodérmicas. ¿Qué puede haber de atractivo en este paisaje? Pues esto: la verdad que transpira el contraste, la voluntad de trascender, la falta de vergüenza en el encuentro del pop, el hallazgo inesperado de una hermosura que hiere mucho más profundamente. 

Si consideramos el terreno de la mitología, hay que subrayar la procedencia punk de Howard Devoto: los Buzzcocks, y también hay que señalar la explosión de John McGeoch en Siouxie and the Banshees, el adulterio de Dave Formula con Visage, y la rotundidad de Barry Adamson en los Bad Seeds de Nick Cave. Pocas veces ha estado tan claro que un grupo estaba formado espontáneamente por primeras figuras. Por otro lado, formaban parte del núcleo creativo de Manchester, junto a Martin Hannett (productor de este disco), Tony Wilson, Malcom Garret (diseñador de la portada de este disco, fea como pocas), Peter Saville, Morrisey, Bernard Sumner... Vamos, que Joy Division y los Smiths no salieron de la nada. 

«Because you're frightened». Suenan a algo nuevo. De verdad, son originales. Entiendo muy poco de lo que dice, pero noto que se dirige a mí, que se expresa claramente. Sólo hace falta que me imagine el mensaje.

 

 «Model Worker». Bueno, es post-punk, ¿no? Van a toda leche. Y de blandos, no tienen nada. Pero no son siniestros. Son otra cosa que anunciaba los ochenta, pero que era insoportable para la radiodifusión.

 

«I'm a party». Una delicia. El pop se hace aéreo. Aparece Laura Teresa. Nunca unas palmadas sonaron tan a tiempo. Hay una sensación de completo optimismo. Y una ruptura: el solo de saxo los aproxima a lo negro. Pero no. Son muy blanquitos y británicos, urbanos e intelectuales.

 

«You never knew me». La guitarra pone los puntos y las comas como a mí me gusta. Y llega una belleza invernal que se hiela a años luz del «Atmosphere» de Joy Division. No, aquí hay esperanza. El piano parte hacia un mundo distinto y luminoso. Laura Teresa consigue que esa esperanza no acabe en decepción.

 

«Philadelphia». John McGeoch, el maestro. Fue de los que se labró su destino a golpe de botella. Así es la vida. ¡Pero menudo riff! Esta canción cierra la primera cara como una losa. Hay desesperación. Pero es de las que recuerda el milagro de escuchar música y absorber el sonido de los teclados y cortarse con las guitarras y cabalgar con la sección rítmica que no para, que no para, que no para.

 

«I want to burn again». ¿Una guitarrra acústica! ¡WTF! Sí, descentrada, destripada, disoluta... Y caemos, y caemos, y caemos hacia el funk. ¡Cómo me gusta el sonido de Barry Adamson! Si esto fuera jazz, la peña estaría poniendo los ojos en blanco. Ya se acerca el cielo. Y quiero quemarme otra vez en él.

 

«Thank you (for let me be myself again)». ¿Decíamos funk? ¿Cómo es posible? En Nueva York, Robert Fripp jugaba con Blondie a versionear a Donna Summer. ¿Por qué no iban a hacer algo parecido los Magazine con Sly and the family Stone? Pero son bipolares: pertenecen al cuerpo y al cerebro, mitad y mitad.

 

«Sweetheart contract» (versión live). ¿Por qué comento un disco y luego pongo versiones en directo? Porque a mí me pareció un milagro cuando en internet pude presenciar lo que parecía imposible: las canciones de toda la vida delante de mí. Creo que aporta algo. En ésta se aprecia el equilibrio entre todas las fuerzas individuales de cada componente. Guitarrazos y duetos vocales. Ese equilibrio hace que Magazine sean muy especiales.

 

 «Stuck» /I'm a party (live). Tremenda. Imparable. Arranca y muere a cada momento. Un nervio vivo. Adamson se sale.

 

 «A song under the floorboards» (live). Impagable. Un diez. Parece after-punk y viaja hacia terrenos remotos. Ahora se ve más claro. Entonces te convencía su absoluta originalidad y su fuerza de expresión. ¡Qué grandes entre los grandes!

 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Joe Egan. Más allá de ninguna parte o Porqué me gustan los cantautores.

 
Cuando empezó mi afición por la música no les prestaba mucha atención a los cantautores, me gustaban las ondas “enrockecidas”, los amplificadores a tope de volumen, intentaba huir de las melodías suaves, renegaba de la canción protesta y por supuesto de cualquier tipo vestido con lentejuelas cantando con voz melodiosa. Aceptaba sólo a unos pocos de esos, respetaba mucho a Bob Dylan y a algunos clásicos rockeros. 

Con el paso del tiempo me he vuelto más ecléctico, más abierto y también más exigente. Hoy en día ya he aprendido que un hombre solo, armado de guitarra y voz, basta y sobra para disparar trallazos musicales de los que derriban paredes, funden los hielos y congelan las miradas, a veces mucho más potentes que los que van acompañados de gran parafernalia sonora, numerosos músicos y difusión publicitaria.

A Joe Egan lo conocí por sus excelentes referencias, compañero de Gerry Rafferty (que acababa de pegar un pelotazo impresionante con su primer álbum en esa época) en los Stealers Wheel (con los que tuvieron un exitazo de órdago que todavía perdura gracias a Tarantino y una escena llena de navajas y sangre: “Stuck in the middle with you”) y los de “Vibraciones” se marcaron una crítica de esas que me obligaban a salir y comprar un disco de forma compulsiva.

Era el mes de Noviembre, un mes de atardeceres tempranos,  y yo debía andar cerca de cumplir los diecinueve, una época ideal para aventuras, para meterse en un coche sólo con mochila y recorrer las carreteras en las horas en que las luces se funden, los colores cambian, las estrellas son visibles y los sueños crecen. Las melodías de este disco me recuerdan todo eso. Es música para conducir a ningún sitio.

Joe Egan me reconcilió con los cantautores, recita tan bien que casi se le entiende el inglés sin saberlo. Las melodías evocan lo necesario y los estribillos son tan claros que merecen la pena corearse.
“Back on the road” La canción que abre el disco vale toda una carrera musical, la que este hombre no ha tenido, ya que se apartó de la escena tras un fallido segundo disco. Imagino que todo el mundo esperaba un segundo Rafferty y el no cumplió con las expectativas. Ahora pon en marcha el motor y acelera suavemente por esa carretera mientras anochece, mientras conduces de forma automática, sin rumbo, adonde te lleve la senda, piensa en lo que quieras por que lo vas a ver claro. Esta canción te acompañará siempre. Los arreglos son de bandera.
“Ask for no favours” se inicia con una breve conversación y sonido de una caja registradora, silbidos satisfechos de la compra recién hecha con fondo de piano de cabaret. “Don’t put your troubles on me anymore” cantan los coros antes del tarareo... Deliciosa.

“Natural high” muy en la línea marcada por “Back on the road” ecos evocadores, arreglos elegantes y estribillo pegadizo “Don’t think of tomorrow just think of today”. Guitarrazos excelentes en el solo y en los punteos. Está tan claro que va conduciendo que hasta expresa sus dudas por vivir en la ciudad, por no volver atrás. Subo el volumen del radiocassette.
“Why let it bother you” está muy en la linea de las canciones de Rafferty, resiste muy bien la comparación, el ritmo es más rockero, pero los violines le sientan de maravilla sosteniendo algunas notas. “¿Porqué molestarte? Si no hay nada que puedas cambiar.” 
“The last farewell” es auténticamente campera, mandolina y acordeón, sonido muy americano, casi country, tal como suena me gustaría oírla por los Avett Brothers por ejemplo.
“Freeze” es de las más bellas del disco, sobresalientes los arreglos de cuerda (esa mandolina) y los coros. La entrada de la guitarra eléctrica le da el toque aquel que te hace levantar las manos, contonear el torso y sentir alegría. La melodía da esperanza para volver a encontrar el camino pese a las dudas.
“Pride” es pura música negra, blues blanco, otra que me gustaría que alguien revisitara. Es de esas que la pones hoy en un anuncio publicitario y se arma un lío multitudinario. Puede estar orgulloso de su canción. Pero... pero... ¡Qué buena que es! Perdonad la exclamación es que no lo he podido resistir.
 “No time for sorrow” no tiene nada que ver con la anterior, tiene un concepto mucho más folk, suave, acariciadora, una puerta abierta a la luz al final de la carretera.

“Leaving it all behind” es otro giro de tuerca. Rock sin duda, descarado. Aquí Egan saca el pecho, por si pensabas que todo era suavidad y terciopelo. Ya la hubieran querido para sí los Status Quo.
La guinda final del disco, “Out of nowhere”, es un cañonazo musical en toda regla. Perfecto para abrochar el fin de acto. Suena excelente cuando sólo hay voz y guitarra. Los arreglos que al principio de la canción me parecían excesivos, se convierten en excelsos en el tarareo final, mientras la voz se va disolviendo hacia la nada.

Un disco para conocer, escuchar, rescatar del fondo de armario. He pensado en él tras oír al recuperado Bill Fay. Estoy seguro de que Egan sigue haciendo canciones excelentes, igual sólo hay que empujarle para resucitar, para que vuelva a coger la guitarra, se meta en un coche y conduzca hacia ningún lado. ¿Alguien va a decir de una vez las palabras mágicas?

lunes, 29 de octubre de 2012

The Motels. Yo quise callejear por L.A.

Pocas veces he tenido tan claro que un disco merecía un lugar especial en el seno de la discografía de un grupo. A veces ocurre con ese primer disco que luego estropea el éxito (o algo similar). Puede que fuera eso lo que les pasó a los Motels.

La sensación de que Martha Davis era una mujer fatal que podíamos encontrar cualquier noche en una cafetería no parecía una mera ilusión. La guitarra espléndida de Jeff Jourard no podía ser una casualidad. La repugnancia de la vieja de la portada: rica, estúpidamente feliz, completamente sola... No podía ser un disco cualquiera.  

1979. Daba la impresión de que todo era New Wave, No Wave o punk y after-punk. ¿Y los Motels? Son algo serio. (Hasta en medio del éxito sacaron un disco excepcional: All four One.) El cañonazo de «Total Control» parecía que los iba a meter en todas las teles y en todos los cuarentas principales. Y a la altura de "Only the lonely" (del All four One), hasta sonaba en la radio de la peluquería de mi madre. Pero había algo que no acababa de funcionar. Creo que fue la mezcla explosiva de la personalidad de un primer disco rocoso, firme, apasionante, con el pecado de la ambición: productores que dieron un sonido horrible (ochentero en el mal sentido de la palabra) a otros de sus discos. Pero el primero, ah, el primero: no hay trampa ni cartón. Inmenso. 

Pongamos que empieza «Anticipating» (colgada también más abajo, en directo, en el vídeo de cuatro canciones): Sensación de peligro. Guitarra rasposa (mucho más rasposa y seca en la versión en estudio). Piano de bar. La voz de Martha narra historias de amor llenas de humo y alcohol. ¡¡¡¡Guaauuuuu!!!! Guitarrón. ¿Pero esto es un trío guarro o qué? Uf, la Gibson se enciende. Sonido hiriente, preciso, sostenido cuando es preciso y perfectamente mezclado con el resto de instrumentos. Martha se va calentando y la melodía se pone dolorosa. Si cualquiera duda de esta canción, que no siga con el disco y se retire a un lado. Por favor, no estoy para tonterías. «Me siento y te miro.»

  Anticipating by The Motels on Grooveshark

«Kix» (ver vídeo colectivo, más abajo). Patadas. Directas. Contundentes. Guitarrón, de nuevo. Mezcla genial con los teclados. Breve y al estómago. ¿Serán besos? 

«Total Control». Exitazo. Gran canción de seducción sadomasoquista. Sensual, lentorra. Vamos, una activa-pasiva que se te come de un bocado. Está en la cama. Sola. Sueña con que te presentes. Tú eres un cabrón que la ha dejado, pero... si te presentaras, ella conseguiría un control total sobre ti. Cuidado, viene el solo de saxo. Una de las mejores canciones de cama húmeda que he escuchado en mi vida. Martha, te veo paseando por las calles mojadas de Los Angeles y mi corazón me duele. Quizá seas tú, quizá tú.

   

«Love don't help». Buena canción para transitar por un disco. Se vuelve negra. No, el amor no ayuda, aunque se ponga vacilón y bailable. Bueno, qué pasa, ¿que sólo los Police podían hacer canciones de este tipo?

   

«Closets and bullets». Cañonazo. Amenazadora. Martha susurra, como siempre, y las guitarras se hincan. ¿Estás sola otra vez? Refúgiate en ese bajo acompasado al bombo, acompasado al corazón del rock and roll. ¡Qué bien se queja de su mala suerte con los hombres! Podría ser Lou Reed, pero es romántica y es de California. Final apoteósico con la guitarra que podría durar unos minutos más y nadie se quejaría. 

Vídeo: Closets and bullets, Total control, Anticipating, Kix

   

«Atomic Café». Esta era una de las que más me gustaban. ¿Por qué? Porque solo con decir el título se me pone la piel de gallina. ¿Qué historia es esa que me cuenta Martha al oído? Escucho con interés. Guitarra y saxo se ponen de acuerdo para ponerme los pelos de punta.

   

«Celia». Mira lo que has hecho, muchacha. Ay, estabas tan de guays y luego..., mira lo que has hecho. Mira lo que le has hecho. Ten cuidado, podría hacerte daño. Tía, él está enfadado y tiene una pistola.

   

 «Porn reggae». Agradable. Suficientemente buena. Pero, no sé por qué, no me interesa. 

 

«Dressing up». ¿Cómo decir que esta es una auténtica obra maestra? Esta, además, supongo que a una mujer la pondría en forma. Trata del tener que ponerse guapa, de tener que ir a la moda, de tener que ser siempre guay. Vestida para matar. Guitarras y teclados perfectamente a la par. Aúllan las sirenas, rajan las guitarras. Síííííííííííí. ¡Eso es acabar en crescendo! Yeah.

   

«Counting» es el broche final. «Every night I sit home alone Sittin' by my radio. I'm just hopin' that something good will come on But it never does.» Joder, ¿no es justamente lo que nos pasaba en 1979, cuando esperábamos a ser mayores? ¿No es lo que todavía ocurre? Qué gran canción. Y cuando la guitarra responde a la pobre Martha, sola en la noche y preguntándose qué hace en la vida, ahhhh, en ese momento el reloj se pone en hora. En ese instante, el deseo de que alguien le pueda contar qué sentido tiene la espera se hace incontenible. Suena, piano, suena. Acaba ya si quieres, rompe la tela de este dulce encuentro.

 

¡Qué gran disco! Sobre todo me asombra el sonido agresivo y exacto del guitarrista, y me intriga el modo en que desapareció del mapa (siendo el hermano del teclista, que duró en el grupo hasta el final)... y no se ha vuelto a saber. Creo que fueron cosas del amor. Debe de ser muy difícil que la líder sea un chica guapa.

Extraordinario primer disco. Se merece una reivindicación. Es uno de los grandes. Incluso pensando en lo comercial que se volvió el grupo a la postre. Qué le vamos a hacer, sólo somos humanos.

domingo, 21 de octubre de 2012

Roxy Music. The high road. Pop sofisticado para una noche de verano.

El 25 de Agosto de 1982, en el campo de fútbol del Sant Andreu, los King Crimson compartieron cartel con los Roxy Music, Una de esas mezclas poco comprensibles hoy en día, pero que en aquella época eran habituales. Una manera de llenar el recinto con entusiastas de ambas formaciones. De ahorrar recursos los organizadores y asegurarse las ganancias por los dos lados.

Los del Rey Carmesí presentaban formación de lujo: Robert Fripp, Adrian Belew, Tony Levin., Bill Brudford y Mel Collins. Músicos de excepción para propinarnos una sesión de música potente y original. Todavía se me pone la cabeza abajo cuando pienso en esa ración de música desplegada mientras la noche caía sobre Barcelona.

Nos podríamos haber ido a casa satisfechos después y no hubiera pasado nada, pero a continuación actuaban los Roxy Music, la antítesis total a los anteriores. Bryan Ferry vestido de smoking blanco, con pajarita, y voz de cantante de los 50, arropado por Phil Manzanera en la guitarra y Andy McKay en el saxofón y un coro formado por bellas mujeres de color y una noche calurosa, acariciaron nuestros oídos con sofisiticadas y elegantes melodías pop. Parecía difícil olvidar el "stick bass" de Levin, la guitarra distorsionada de Fripp, y los solos de saxo de Collins, pero sucedió.

Era la gira de “Avalon”, uno de los discos más celebrados (y menos arriesgados y comerciales) de los Roxy Music. A mí en esa época me parecía majestuoso, con el paso del tiempo he cambiado de opinión.
Tras esa gira apareció un mini-Lp, un disco de despedida tras su separación definitiva (Gracias), que era sólo un botón de muestra de lo desplegado en el escenario. Un concierto de una formación sólida, experimentada y con un nivel artístico consolidado. Lo mejor que hicieron después... no seguir. Dejarnos en la boca el delicioso sabor del plato recién preparado y nunca más ejecutado. Evitar comparaciones futuras.

El disco sólo contiene cuatro canciones. ¿Para qué más? Todas sonaron esa noche. Nada más empezar a deslizarse sobre la aguja, noto el sabor salado del mar, el aroma a noche de estío, el olor inconfundible a tabaco y a algo más.

De las cuatro canciones, dos son versiones. Una de Neil Young, “Like a Hurricane”. Pero... ¿Se puede hacer una versión de esa canción sin hacer el ridículo? Sí. No intentando imitarla, hacéndola nueva. Y ellos lo consiguen, de forma espectacular. 

La otra versión haría empalidecer a John Lennon, porque es mucho mejor que la original (para mí). La interpretación de Bryan Ferry, sobrado de voz en comparación con su autor y una instrumentación emocionante y profesional (solos de guitarra y de saxo alternados memorables y final de epopeya con silbidos, coros y saxo que ponen la piel de gallina) eleva un título menor y poco conocido a la categoría de clásico.  Sólo os diré que en esa época a “Jealous guy” pocos la conocían por su autor, había que mirar en los créditos para averiguarlo. Sí. Es cierto, al ex-Beatle nadie le hacía mucho caso en este país hasta que murió, reconozcámoslo. Tampoco publicaba mucho y tuvo que venir un imbécil a matarlo para que subiera al altar de los más adorados.
De las otras dos canciones una es de una grabación del grupo y la otra de un disco en solitario de su cantante, y no eran excesivamente conocidas hasta entonces. Las versiones en directo superan con creces a las originales.

“My only love” aparecía en “Flesh and blood”, un buen disco que no alcanzó el éxito de “Avalon” aunque es muy similar en su planteamiento (Hay que ver lo que influye un título “artúrico” y una buena portada en el éxito ¿Verdad?). La interpretación en directo es exquisita, prolonga lo necesario la original, sube desde un piano y la batería hasta un final desbocado. Nuevamente Manzanera y McKay se lucen mientras Bryan Ferry emula a Sinatra. Siete minutos sin ni un segundo de desperdicio. El final con el saxofón a todo trapo es enorme, heroico, te catapulta literalmente.

“Can’t let go” era una canción casi desconocida para el público hispano hasta entonces. Apareció en el cuarto disco en solitario de Ferry, en 1978, "The Bride Stripped Bare". Esta interpretación la convierte en una canción históricamente trascendente. Ellos la interpretaban en directo la primera tras una breve introducción con “India”, mientras iban compareciendo en el escenario. En este vinilo se la saltan y, para mí, aciertan. Abruptamente te meten en la melodía con los breves riffs de Manzanera, para cuando llega el estribillo lanzado por los coros ya estás metido totalmente en el concierto. Los King Crimson quedan olvidados justo en el momento en el que los coros y Ferry cantan aquello de: 

“What's in a name on the street tonight
I'm only a face in the crowd
All in the dark and afraid tonight
Nowhere to run or to hide”
Todas las canciones aparecen en un oportunista y más largo disco (“Heart still beating”) aparecido en los noventa, cuando ya se habían separado. Un intento fallido de embolsarse dinero. Imposible mejorar esas cuatro canciones. Lo bueno si breve...

viernes, 12 de octubre de 2012

King Crimson - El mejor grupo del mundo (cuando no te hartas de ellos) - Larks tongues in aspic




Ahora se van a cumplir los 40 años de la publicación de Larks tongues in aspic, el disco que inicia la etapa esotérica de King Crimson. Es una buena excusa para traerlo al cofre de los recuerdos. No es rock sinfónico, de ninguna forma (aunque "Exiles" vuelva a la mejor guitarra acústica de la anterior etapa). Del jazz tiene la libertad en la forma; del pop, la melodía atractiva (cuando llega), y del rock, la potencia y la brutalidad. 

El diseño del disco es un acierto: la portada es tan simple y tan identificativa que a día de hoy se ha vuelto un anagrama; y en los diferentes cortes hay un muestrario de todo lo que eran capaces de hacer estos músicos. En los extremos: música instrumental siniestra, contemporánea-heavy, rock progresivo... En el centro: una canción de belleza emocionante, una minisinfonía que acaba siendo una canción maravillosa, y por fin, una melodía agresiva que dibuja un rock-jazz imparable.

Los discos de King Crimson son muy diferentes (y, una vez iniciado en la corte del rey carmesí, muy coherentes). Quizá sería mejor decir que hay una buena distancia entre sus discos de la primera etapa, los de la segunda (iniciada por el vinilo que nos ocupa), los de los años 80 y los de la última época. Larks tongues in aspic es quizás el mejor de los tres de la segunda etapa. Es el disco en que se renueva toda la formación (sólo se queda el rey Fripp) y entran un nuevo letrista (antiguo componente de Supertramp, Richard Palmer-James), Bill Bruford, John Wetton y David Cross. Jamie Muir entra y sale a la velocidad del rayo. Y deja huella. 

La ensalada es de primera calidad. Pero que nadie se llame a engaño. Para poder disfrutarla, hay que aceptar que esta música es desasosegante; no entrega ni un átomo de belleza sin recordarte el montón de mierda que nos rodea. Pero, en fin, creo que la recompensa lo vale: devuelve el esfuerzo invertido en placer multiplicado por diez. 

Hay que probar a oír atentamente las tres primeras piezas, seguidas. En los primeros trece minutos (del disco, aquí hay un directo irrenunciable) alguno tendrá que hacer un salto de fe (esto lo digo pensando en que hoy en día la gente no está acostumbrada a música de tal minutaje ni a tal concentración, pero a lo mejor me equivoco). Luego, "Book of Saturday" puede estremecer, por la delicadeza, por la melancolía que transmite. "Exiles", digamos que es tan buena como "Epitaph", la mítica del primer elepé... ¿Me he pasado? Más oscura, más sincopada, más urbana, pero igual de hermosa. Y la letra me parece una buena variación del tópico de la aurea mediocritas, es decir: mejor feliz en la humildad del hogar que en la furibundia de la fama. Pero, ¿y esa nostalgia suave que cae como una lluvia fina? ¿Acaso no era feliz en la renuncia?

 Larks tongues in aspic (part one)

 

 Book of Saturday

 

 Exiles

 

"Easy Money" es sencillamente brutal. La guitarra eléctrica es rastrera; los coros, sarcásticos; el bajo, montañoso. Bajo y bombo: ¡tremendos! Tejido de guitarra y signos de puntuación de las percusiones. Tensión del mellotron. Una canción sobre un famoso que gana pasta a espuertas, esto es: lo contrario que en "Exiles". Que te den: he aquí el retrato satírico de tu codicia. Solazo de guitarra de profesor loco; redobles de batería que hacen retumbar el edificio. Carcajadas que dan la extensión de la iniquidad del ser humano. Viento y moscas. 

Otro salto de fe. "The Talking drum" desemboca sin solución de continuidad en la segunda parte de "Larks tongues in aspic". Puro ritmo percusivo. En crescendo. Violín histérico. Hasta lo insostenible. Y entonces estalla uno de los riffs de guitarra más famosos del rock, en la última pieza. Cubismo rockero. Álgebra de la síncopa. Como un tren hasta el final. 

 Easy money

 

 The talking drum

 

 Larks tongues in aspic (part two)

 

Pues sí, éste es uno de aquellos discos que formaron parte de nuestra vieja discoteca. Yo me lo volví a comprar, tras la emancipación. Vuelvo a ver el mueble con camas retráctiles; el Vieta Uno y el plato Ocnoson en donde rodaba el vinilo. Vuelvo a sentarme en los sillones de escay; vuelvo a chupar un boli de plástico sintético que absorbía todos los malos rollos (tenía forma de pluma de ave y se encajaba en una gran pieza de dominó). Viajar por King Crimson era meterse en un mundo muy, pero que muy interesante. ¿Acaso no es posible seguir haciéndolo hoy día?

jueves, 4 de octubre de 2012

R.E.M. Ajustando cuentas.

Es curioso el empeño de algunos artistas en “ajustar cuentas”.  Es lo que significa “Reckoning”, el título del segundo disco de los de Athens. La verdad es que ya era hora de que yo ajustara cuentas con este blog y con ellos.

Reconozco que éste es uno de esos grupos con los que he mantenido una relación amor/odio intensísima. Uno de esos amores de sube y baja, de ida y vuelta, tan intensos que son a la vez bálsamo y veneno. De esos que vienen cuando quieren y se marchan cuando estás a punto de cogerlos. De esos que niegas varias veces como si fueras San Pedro. De esos que a veces sólo te han dado un par de besos que dejan marcas de fuego, que podrían llamarte cuando quieran, y volverte de revés el pensamiento, pedirte lo que quieran y tú lo darías presto. Suerte que ellas nunca vuelven a llamar, aunque de vez en cuando lo esperas (Did you never call? I waited for your call).

¡Claro! Ellos llegan, te sueltan un racimo de canciones impresionantes, te roban el corazón, piensas que sólo cantan para ti. Te hacen sentir valioso, único y... luego los ves en brazos de cualquier otro. Eso no sería importante si sólo fuera de uno, pero es que poco a poco, se van dando a todos y eso ya no lo soportas y cuando todo el público se rinde a sus pies, te duele y te los miras con algo de desprecio, con insolencia. Dices eso de “Yo ya los conocía de hace tiempo”. Demuestras que te sabes todos sus discos mejor que ellos. Insinúas que en el pasado fueron casi perfectos, que ahora están viejos, que sólo se repiten. En realidad... son los celos. No los quieres compartir.

Este disco lo compré al poco de salir, cuando nadie de mi entorno los conocía. Otra de mis corazonadas. Una canción lejana en un bar o en la radio, que te roba un trozo de conversación. De esas que tienes que indagar durante varios días en labor detectivesca hasta averiguar el nombre y domicilio de los implicados. Un misterio que hoy en día queda en segundos resuelto con “Google” o lo que es peor, utilizando como oído, mente y diccionario un simple teléfono... ¡Me estoy haciendo viejo!

La canción en cuestión es “So. Central Rain (I’m Sorry)” la tercera de la cara “A”. Inicio guitarrero, ritmos casi country y la Voz de Stipe, subiendo y bajando, chillando cuando procede... Hasta que se le rompe la garganta al final.

No había escuchado ninguna otra canción hasta que compré el disco en Castelló, mientras el dependiente me sonreía con complicidad. Tardó muchos días en salir de su encierro de metacrilato y de dejar de ser torturado por las agujas. Es de esos a los que costó darle la vuelta, como si no existiera el reverso. No hay ninguna canción de relleno, todas son perdurables, oro fino y piedras preciosas.

Ahora mientras escribo recuerdo claramente mis sensaciones al oír por primera vez “Harborcoat “ el tema de inicio en el que las cuerdas de las guitarras se multiplican por mil y los coros casi parecen más importantes que la voz. Cuando arrancan las guitarras para preparar el estribillo y recita por lo bajo el cantante ya sabes que esa no es una simple canción. 

Un buen día me decidí a dar la vuelta al vinilo y el dorso resultó ser igual de bueno. Estoy hasta por decir mejor, porque ahora mismo estoy oyendo “Letter never sent” y estoy recordando esos mensajes incendiarios que algunos días escribo y se quedan guardados durante meses, mientras huye el botón de mis dedos. Y luego viene la introducción lenta de  “Camera” con los palillos marcando el ritmo como agujas del reloj hasta los redobles de los tambores y el estribillo. Y la subida final de instrumentos y voces.

“Will you be remembered? Will she be remembered?
Alone in a crowd, a bartered lantern borrowed.
If I'm to be your camera, then who will be your face?”

La apoteosis del disco viene con “(Don’t go back to) Rockville” un single soñado escondido en el final del disco, con su inicio medio en broma que me recuerda a alguna de las canciones de Todd Rundgren. Ritmos de banjo para sacar las botas de punta, poner manos en cinto de cuero y bailar en grupo una de esas coreografías camperas que habitualmente desprecio. Sorprendente bailonga reacción ante una historia de amor perdido.

No le va a la zaga “Little America” que cierra la grabación con ganas de darle la vuelta y volver a disfrutar de pleno.

Estuve mucho tiempo peleado con ellos. Ahora que no están los echo de menos. Como con ellas, siempre queda una foto antigua, escondida entre las páginas de un libro, en la que les reluce la piel de juventud y si no la tienes miras la portada de un disco (como éste con su serpiente de canciones) mientras lo vas oyendo en una tarde como ésta, en la que se alargan las sombras con el sol de otoño. Se evaporan entre las notas las alegrías recientes y la luz ilumina lo que podría ser una tarde feliz.

Os lo dejo íntegro. Para que andarnos con zarandajas si alguien (¡Gracias!), mucho menos celoso y posesivo que yo, ha decidido darle al “Enter” y compartirlo con el orbe entero.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Los Piratas. Manual para los fieles (sin cuota obligatoria y de asistencia opcional)



Escuchar la radio, a veces sólo oírla, da múltiples alegrías cuando se va a trabajar en coche. Recuerdo la intensidad que percibí en «Promesas que no valen nada», de su disco Poligamia. Encuentros felices y por sorpresa. ¿De dónde había salido ese grupo? En fin, ¿eran de Vigo y yo sin conocerlos? Imperdonable. 

Fue a la altura de la publicación de Manual para los fieles. Es inútil decir que me hice con sus discos. Es inútil decir que Manual es una obra maestra del (perfectamente equilibrado) pop-rock emocional. No es cuestión de decir, es cuestión de escuchar. 

No estoy muy seguro, pero me parece que no había llegado antes a mi discoteca porque este grupo estaba en la categoría de los 40 principales. Caprichos del destino. No hay nada en ellos que se venda por afán. Más bien todo en ellos está a disposición del consumidor de buena música... y si tuvieron éxito y alguien se dejó vencer por los prejuicios típicos del conaisseur (esto es, del snob, o sea, el hipster, es decir...), pues lo siento por él. Soy el primero en usar de los prejuicios según mi interés. Si los tengo, pues al menos que sirvan para algo (por ejemplo, retrasé el placer de Cien años de soledad casi cien años): que el asombro de haberme equivocado me haga un pelín más humilde. 

No fue el caso. Descubrí a este grupo sin saber nada de ellos. Y hoy por hoy, con las impresionantes carreras de Iván Ferreiro y Fon Román, que han continuado procurándome experiencias maravillosas, siguen demostrando que merece la pena encontrárselos en el camino. Si pasas de los treinta, igual deberías empezar con ellos. (Como uno tiene una edad, y ellos también, su madurez me sabe a gloria. Los Piratas son más de cuando éramos jóvenes.) 

Son muy potentes, pasan de una introducción folclórica gallega (claro, es que ni siquiera puedo ser imparcial) a una guitarra gruesa pero contenida y a un mantra medio indio que parece que mantiene el aroma a bosque. Y el estribillo, con la rabia propia del rock. 

Los demonios de la noche ya se han ido. Pero mi coco se electrocuta en la estática de un frigorífico. Piano eléctrico, guitarra funky, ritmos sintéticos. Sí, venga que nos vamos. Mi coco me dice que hoy mi vida entera pasará ante mis ojos. Pero si puede ser, me dará tiempo a lanzar una canción de amor. 

Mahler no sé si está representado en el disco. Hombre, en el título de la tercera canción, no vayamos más lejos, je je, porque no creo que le gustaran las guitarras eléctricas. Las letras continúan en el terreno de las relaciones emocionales y una envidiable poética. Qué bien suena el castellano en el rock, definitivamente. Y qué bien rompen la estructura de la canción para que el clima baje, suene un acordeón y sintamos el gozo de subir de nuevo con un trémolo eléctrico y el cucu-cuchún beatlemaníaco. 

«M.» Sin más letras. Sin más palabras: una delicia. Mi amor se cae el suelo y no se queja demasiado. Pero, por dios, eso es saber lo que pueda ser la poesía en un futuro Partido Anticursi. Las armonías vocales: de ponerse a llorar. Las guitarras... ¡Es que es muy buena! (Hay una versión de Vega, ¿una triunfita, creo?, que me reconcilia con el mundo.) 

No voy a repasar todas las canciones. El disco tiene... ¡quince! ¿Será uno de los defectos de la época del cedé? En fin, rock and roll, amigos. Nuestro matadero clandestino. 

Sólo me gustaría destacar «Te echaré de menos», porque soy un alma sensible; «Tan fácil», porque empuja más los huesos y ayuda a esperar, que no es tan fácil; y «Tristura», porque cierra el ciclo y porque, ya puestos, no tiene nada que ver con el resto. Os galegos..., é o que teñen. 

Con este disco, en mi casa se ha puesto en práctica aquello de: Subir el volumen de los altavoces.

 Fecha caducada
 
 Mi coco
 
 La canción de la Tierra
 
 M
 
 Mi matadero clandestino
 
 Te echaré de menos
 
 Canción para Pris
 
 TR
 Tan fácil
 
 Comarcal al infierno
 
 Mr. Wah Wah
 
 El viaje sideral del pequeño saltamontes
 Tristura