martes, 3 de abril de 2012

PINK FLOYD. El breve imperio del cassette


Si ya es difícil hablar de música, aún es más difícil hablar de Pink Floyd. Tenía que ser un gusto compartirlos cuando eran relativamente desconocidos, antes de The Dark Side of the Moon, pero decir ahora que Pink Floyd es un grupo capital se me antoja problemático. El éxito de su primer disco, en 1967, fue un cometa desvaneciéndose en la atmósfera. El líder, compositor, cantante y guitarrista, Syd Barrett, se dejó abandonar en la cuneta a causa de su desequilibrio mental. Y aun así, continuaron (ficharon a David Gilmour) y consiguieron superar el bache. Demasiado talento para ser desperdiciado: un batería justito pero que entra como un guante, y los otros tres, grandes músicos y grandes ideas. Resultado: después de varias tentativas, un gran disco Meddle (1972), y poquito después uno de los discos de mayor éxito de la historia de la música pop: The Dark Side of the Moon (1973). A partir de este momento, hablar de Pink Floyd se convierte en una obviedad (emocionada, al principio; displicente, en los 80 y 90; y felizmente revivida, en la actualidad). ¿Vale la pena detenerse en esa obviedad?

Sí. 

Creo que Wish you were here fue lo primero que escuché, y recuerdo que fue en una grabación a pelo, de cassette a cassette, con el micrófono externo. En efecto, primitivo y decepcionante, pero era un primer paso. Puede que fuera en el mismo 1975. Yo tenía diez años. La grabación del Dark side creo que ya fue con cable, quizá también de cassette a cassette. Era emocionante y era monoaural (palabra incomprensible para la juventud de hoy, supongo). 

El latido de corazón que inicia el disco era para mí un metrónomo emocional. Me aseguraba un viaje sonoro que borraba de los alrededores el barrio pobre y la vida triste (bueno, bueno, sin exagerar). La música del Dark side es muy descriptiva. Voces, risas, helicópteros, gritos. Paisajes sonoros. Uno se podía sentar en el sillón para soñar, para «RESPIRAR». Atención, en aquel tiempo este grupo era experimental, progresivo, sinfónico, en fin, molaba cantidad. Uno se dejaba llevar «On the run» por las especulaciones de un disco conceptual, por la inquietud artística, para SOÑAR. No se trataba de disfrutar de la música de forma inmediata y frágil. Se escuchaba, se digería, se interiorizaba. Te despertabas con el «Tiempo» de un carillón-campana-despertador, el metrónomo emocional se mantenía, alerta, después de 9 minutos. Explosión de melodía rocanrrolera. Guitarras a tope, piano eléctrico a ritmo. Maravilla de maravillas. Vuelve el reposo, los coros son angelicales, el puente se traspasa hasta el solazo de guitarra. Claro, a eso se le llama crescendo, desde el batir del corazón hasta aquí. Luego bajamos por la ladera del «gran espectáculo en el cielo». Palabras de alguien que dice que no tiene miedo a morir. Este fue el primer gran disco que popularizó la inserción de grabaciones de ruidos y voces en la música (bueno, seguro que ya lo hicieron los Beatles o similar, audio verité lo llamaba Fripp). En fin, gran melodía de piano con escalofriante aparición vocal de Clare Torry. Desde el puro grito hasta el susurro, torrencial y acariciador. Me acuerdo de que esta me la ponía varias veces (rewind, ññññññññññec, play, rewind, ñññññññññec, play). ¡Clac! Se había terminado la primera cara. 

El single. Sonaba en todas partes. Lo desea todo el mundo. «Dinero.» Lo adoran casi todos. El dios Mammon. Uno de los sonidos más sampleados, supongo. Caja registradora antigua a ritmo con una especie de boogie-woogie con solazo de saxofón. Y de guitarra, claro. De nuevo, tórrido. Pink Floyd hacían discos a trozos, amalgamando cancioncillas y solos. Pero con muy buen gusto. Empalmar trozos de cinta magnética. John Cage estaba aplaudiendo, seguro. Pink Floyd alargaba las canciones, sí, y las empalmaba para producir continuidad, pero no encuentro falta de ritmo, ni improvisación aburrida. A veces, apetece una buena de dos minutos, a lo sumo tres. Sí, claro. Pero hay momentos para todo. 

Para «nosotros y ellos». Me quedaba hechizado. ¡Pero si es una bobada! Hombre, ese saxo hablándote al oído, esas voces que no se sabe lo que dicen (literalmente, yo no entendía nada, NADA). Es una melodía muy bien construida que evoca una pasión inconcebible (de nuevo sostenida por coros extáticos). Aún paseo por las praderas de ese solo de saxo, esperando que los coros de chicas me rescaten desde una nave extraterrestre. En fin, para gustos, colores. Y «cualquier color que te guste» es la más espacial, llena de órganos y ecos. Luego, guitarras lunares, burbujeantes. Una jam bien dirigida. 

A estas alturas, el Dark side ya producía un «daño cerebral» irreparable. A todo el mundo le gustaba (uf, qué peligro) el lunático paseando por la pradera. Y a estas alturas, me doy cuenta de que las dinámicas (ahora a tope y ahora suave, y... crescendo) y los coros emocionantes son claves. ¿Cómo si no, disfrutar tanto de «Eclipse»? Una mera progresión de cuatro acordes. Pero magníficamente orquestada. Mantra repetitivo en la letra. Discazo. Mítico. Merecedor de un respeto con el paso de todos estos años. La pulsación cordial permanece.

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