sábado, 21 de enero de 2012

In the land of grey and pink. Caravan. Vino de Invierno.



Otro de esos discos que compré sin haber oído ni una canción. Una simple recomendación de un amigo fiable durante la clase de Fisiología y me lancé a por él. El formato de su edición en nuestro país es original. Por el precio de un disco nos vendían el segundo y tercer trabajo de esta formación de música Canterbury.  Los dos discos venían bajo el título de “In the land of grey and pink” (1971) pero en realidad éste es el de uno de los dos. El otro se titula “If I could do it all over again I’d do it all over you” de 1970. Sea como sea fue una gran adquisición.   

Ambos se componen de canciones de larga duración con largos períodos instrumentales, (grandiosos los teclados) entre los que se intercalan las voces, especialmente bella la de Richard Sinclair y muy contundente la de Pye Hastings.

Entre las canciones que he oído más veces de la primera cara de “In the land of grey and pink” está “Winter wine”. Llevaba muchos años sin oírla y hoy me surgió de pronto la idea de ponerla. Es una de esas canciones para rebozarse en recuerdos de años pasados, de mañanas invernales soleadas, que sugiere silenciosos poemas de amor nunca escritos o olvidados en algún altillo. Una canción para poner colores a los sueños.

“Life's too short to be sad, wishing things you'll never have
You're better off not dreaming of the things to come
Dreams are always ending far too soon
Sounds of a distant melody, once played, lost from memory
Funny how it's clearer now, you're close to me
We'll be together all the time”


La segunda cara la ocupa en su totalidad “Nine feet underground”. Larguísima canción compuesta por ocho secciones. Vale la pena oírla relajado en un sofá, solo o tomando una copa con buenos amigos y si fuera posible fumando (fumando mucho). Se inicia con un intenso diálogo jazzístico entre los teclados y la guitarra perfectamente acompañados por el bajo y la batería y cuando menos lo esperas aparece la voz de Pye Hastings. 

“What I see I know is real, what I touch I know I feel
All my love goes straight to you, all my love is you...” 

Posteriormente largos fraseos psicodélicos sobre un fondo rítmico excelso, aptos para intensas humaredas, te conducen poco a poco hasta la voz de Sinclair entre viento y gritos, precedida de un solo de guitarra acompasado por unas congas, seguido de teclados atmosféricos intercalados. El cantante te avisa de que entras en un sitio en el que se oye cantar al viento. Quizás no quisieras entrar, pero te ves atraído drogado por los efluvios musicales, rodeado de conversaciones que oyes lejanas y del vértigo. Y caes. Caes profundo y cuando estás a punto de ahogarte te rescata un redoble de batería y la habilidad de teclista y guitarra te devuelven al mundo de los vivos. Fuerte golpe en el pecho y masaje cardíaco con el último golpe de batería que te ponen de nuevo en el suelo.

“Songs of happiness I know, and it brings it all back again
Somewhere deep inside of me, there's a song that I can sing
Jigsaw puzzles on a tree, and it brings it all back again
Will the day be warm and bright, or will it snow?
There are people waiting here who really want to know” 



El otro disco es una de las piedras angulares de la música Canterbury. La cara A de “If I could do it all over again I’d do it all over you”  sólo tiene tres canciones y únicamente una es corta, las otras dos duran once y dieciocho minutos respectivamente, ninguna de las dos tiene desperdicio. A mí me gusta especialmente “And I wish I were stoned. Don’t Worry” sobre todo por los coros de su parte final.

En la cara B las canciones se suceden sin solución de continuidad. Aparece “Can’t be long now” otra de esas piezas con varios movimientos características de este grupo. Se inicia con la voz de Hastings introduciéndote lentamente a un paseo por un bosque sobre un fondo de flauta al que poco a poco va sobreponiéndose el bajo hasta instaurarse un ritmo acelerado de teclados, guitarra y saxo como si huyeran de algo, luego parece que llegas a un claro de bosque, ausente el peligro, con la flauta de fondo como el rumor de un arroyo. ¡Que bien suena el bajo en este pasaje! Y vuelve el saxo en las manos de Jimmy Hastings para estremecerte de nuevo, corres  y saltas con los riffs de guitarra hasta el final de la canción y...Ahí surge de la nada, cuando parece que se ha acabado el disco, una joya de casi minuto y medio que vale tanto como una de media hora. La he puesto muchas veces aisladamente sólo para disfrutarla. Se inicia a lo lejos con el volumen bajo, se oye muy poco la voz y  las percusiones (probablemente unas maracas), mientras alguien invisible va girando el mando de volumen y aparecen los platillos y una suave guitarra rítmica con el bajo y leves toques de teclados. Todo ello acompañado de una frase hipnotizadora de Hastings que se parece como nunca a Robert Wyatt (Muchas veces he pensado que es él el que canta). Cuando ya se juntan todos los ingredientes, la flauta sustituye a la voz y acaba la canción diluyéndose poco a poco hasta que solo queda lejano, otra vez, el movimiento de los palillos buscando en el aire los platillos y las remotas percusiones. ¡Que ganas de volver a ponerla! ¡Voy a ello! Si las canciones largas te incomodan, oye ésta de minuto y medio y luego te lo piensas de nuevo.

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