miércoles, 15 de febrero de 2012

JAPAN. Vida silenciosa y desesperación agradable

¡Qué poco sabemos de los tejemanejes en el mundo del arte y el espectáculo! Estamos en los últimos setenta, primeros ochenta. Este grupo, que tenía toda la pinta de estar prefabricado para triunfar, pasó sin pena ni gloria hasta que su onda pareció coincidir con la de los nuevos románticos y el tecno-pop. En aquel mismo instante te dabas cuenta de que no eran tecno (aunque en su último disco, Tin drum, predominaran los sintetizadores), pero también de que iban a la moda (eran unos modernillos, vaya). No he visto jamás a una gente que mostrara tan claro desacuerdo entre la pinta que vendían en las fotos y la música que hacían. Creo que si se miran las portadas de sus discos, se ve que son carne a la venta. Luego te los pones y..., tienen clase (¡anda, pero si no son horteras!), son músicos de arriba a bajo, y saben quiénes son sus padres. 

¿Los dos primeros discos? No existían. ¿Y este del que nos ocupamos, Quiet life? Tampoco. No lo recuerdo bien, pero creo que solo después de Tin drum (editado en 1984 por Virgin, en España) se empezó a escuchar a Japan en España. Seguramente gracias a Alberto Guerrero nosotros los conociéramos de antes, en el 80 o el 81. El caso es que a casa llegó Quiet life. Ahora no lo tengo en mis manos (tengo el plástico que me compré diez años después), pero sin duda nuestra edición era la de cubierta doble. Sylvian en la portada, Karn en la contraportada, y Jansen, Barbieri y Dean en el interior desplegable... Imaginar y recordar, a veces, se mezclan de forma preocupante. Sí, sí, esa es la descripción correcta. 

Quiet life es el disco clave de Japan (eso solo se sabe a posteriori, claro). En él se deja ver la elección por una voz profunda (en vez de cantar como una niña traviesa), una música más pausada y ambiental, y un proyecto más «artístico», más «culto». Vale, sí, se ve su querencia por Roxy Music. Pero hace tiempo que me he dejado de preocupar por las fuentes de inspiración; una cosa es copiar, no ofrecer ningún interés, y otra muy distinta es aprender de los modelos y de los maestros. Además, se cuela la influencia de Erik Satie, y yo diría que también claramente la de Bowie-Eno de la época Héroes-Berlín. Vamos, que venden elegancia de dandis melancólicos y supersofisticados. Algo muy atractivo para un joven de barrio con esquizofrenia educacional (¡Qué pasa, tronco; «leo libros que no entiendo más que yo; oigo cintas que he grabado con mi voz!»). 

«Quiet life», la canción, abre el disco con efectos sintetizados, rítmica, molona. El estilo de voz de Sylvian de inmediato descubre su atractivo. Aparecen los saxos (muy importantes en el disco). Ni se da uno cuenta de que es bailable, perfectamente discotequera. Esa guitarra con sustain, frippertrónica... Mmm. Rellena la habitación y acompaña.

   

«Fall in love with me.» El sonido del disco es muy sedoso, lleno de brumas. Muy rítmico, entrelazando frases de saxos, bajos, guitarras como violines, tambores y melodía. Esta parece un relato policíaco. También se detiene en medio de la canción, como la anterior, provoca la espera: y salta la guitarra más rockera, más hiriente.

   

«Despair». Desesperanza elegante. Caja de ritmos. Piano gymnopédico. Saxo de club nocturno. Canta un dandy con la corbata deshecha. Esta es la verdadera «vida silenciosa» del disco. «Shhh. Silencio, no vayáis a molestar el arte de los que viven así. Los artistas necesitan una desesperanza agradable.» (Traduzco según escucho, no me convencen las versiones interneteras.)

   

«In Vogue.» De moda. El amor está de moda. ¿Por qué te vas por la mañana, entonces? Quédate y desayunamos. ¿O es que sólo soy un objeto de usar y tirar?

  «Halloween.»  

«All tomorrow's parties.» Extraordinaria versión de la Velvet. Precisamente porque le ponen todo lo propio y le quitan todo lo velvet (aun siendo, como lo es todo el disco, tan aterciopelado).

  «Alien.»  

 «The other side of life.» Obra maestra. Grand Finale. Arreglos de orquesta de cuerda magníficos. Sylvian es el cantante perfecto: sufre con mesura (no se pone tan melodramático como algunos indis). La dinámica entre el grupo y la orquesta es maravillosa (y el guitarrista sabe cómo meterse sin estropear nada y realzando todo).

 

Belleza decadente. Qué bien hecha. Pongámonos un martini.


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