martes, 5 de mayo de 2015

McEnroe - Las flores siempre rugen en primavera

Siempre hablamos de vinilos antiguos, pero de vez en cuando caen en nuestras manos pequeñas joyas que conviene comentar, aunque sólo sea para rebelarnos contra la mediocridad reinante en los gustos musicales de las masas, aunque sólo sea para gritar que hay algunos artistas que están ahí con la intención de comunicar y si casualmente se ganan unas "perras" mejor que mejor. Y si colaboramos en ello también.

Los McEnroe son un caso ejemplar, se toman su labor con tranquilidad, alejados de la presión de las ventas. Yo me los imagino siempre en un paraje recóndito en alguno de esos bosques del País Vasco, dedicados a cuidar de su caserío y a reunirse de vez en cuando para componer nuevo material. Son de Getxo y contradiciendo todos los estereotipos no se presentan como tipos duros, son más bien sentimentales. Sus dos trabajos previos (excepcionales) rozaban la depresión, eran aullidos en noches de luna llena de corazones destrozados. De tipo frágil (sentido diría mi padre) al que se le hace duro sobrevivir entre tanto sentimiento falso o impostado.

En este nuevo disco las canciones no las podemos calificar como alegres, pero se nota una evolución evidente hacia la excelencia, una madurez creciente que permite analizar de forma más reposada los acontecimientos vitales, aprender de ellos en lugar de lamentarse. Esa madurez está presente en todos los aspectos: las letras, el empleo de la voz y el de los instrumentos. Son los de siempre pero ya sin necesidad de medicación antidepresiva (ni ellos ni sus seguidores), ya los podemos oir sacando de vez en cuando una media sonrisa, cabeceando en asentimiento, pensando: "A mí también me ha pasado. Ya lo he superado. No me importa recordarlo ni contarlo". Canciones con trama, textura y color. Bien trabajadas.

Y eso que el disco se inicia con el atardecer de la canción "Cae la noche" pero ya en la primera frase se nota ese reposo de la madurez, de la relación consolidada o de los recuerdos bellos que todos nos llevamos.

"Coney Island" ya me gana por el título, solo por recordarme a la de Lou Reed. Las guitarras son de agua cristalina y agradable. El cantante sigue sin terminar las frases, las últimas palabras son casi siempre interpretables, pero da lo mismo. Incluso da lo mismo que hable de un antiguo amor: "Después de ti me he perdido por el camino recto de recordar, de no olvidar. Escuché Coney Island con tus manos en mi espalda y sentí que el fin del mundo no era una idea tan mala y que las noches duraban lo mismo que las mañanas".  Nostalgia pero sin tristeza. Madurez saboreada como una copa con solera. Esa copa que te tomas mientras se desgrana la parte instrumental de punteos de guitarras.
"Después de ti he construido un refugio de .... " rellena con lo que quieras los puntos suspensivos.

La tercera: "Rugen las flores", que da título al disco, tiene un inicio marcando estilo, podría estar en cualquier otro de sus discos. El cantante prácticamente recita en toda la canción, mientras los instrumentos se deslizan de lo acústico a lo punzante en un sube y baja muy agradable.

"Caballos y palmeras" es preciosa, como para utilizarla como filtro de amor o de enamorar. "¿Por qué (eeeeeee) no te acuestas junto a mí y me ayudas a romper todo lo que me hace mal?" Ahí queda eso para susurrarlo en el oído adecuado.

"De madrugada" es una pregunta constante. De hecho las preguntas se repiten en varias de las canciones. Son esas dudas que a menudo acosan incluso a los más fervientes enamorados. Otra letra para escribirla, leerla o recitarla.

"La electricidad" es merecedora de pedestal. Otra letra original, bien trabajada, emocionada y emocionante. "Estaré por aquí escondido en algún recuerdo o en el leve movimiento de sentir. Y cabe la posibilidad de que te vuelva a encontrar en algún incendio."

"Como las Ballenas" empieza intimista y sube a medio tiempo con fases instrumentales bellas intercaladas entre los versos.

"El puente" tiene un tono algo vacilón en los instrumentos con percusiones poco habituales en este grupo, me recuerda un poco el estilo de los "Walkabouts". Obtiene una gran nota.

"Esta misma sencación de soledad" incluye una voz femenina de fondo (Miren Iza de Tulsa) y ese detalle convierte una composición clásica de este grupo en algo diferente.

"La luz" es poco luminosa, por lo menos en la instrumentación y en la letra. Otra vez esa nostalgia madura, seria y sólo con atisbos de antigua depresión.

"Vendaval" es de las más largas del disco (llega a los seis minutos). Algunos dirán que es demasiado larga, pero en este mundo en el que prima la inmediatez, el producto de consumo rápido y fácil de digerir, para mí, es muy bienvenida esa longitud que busca la permanencia y la longevidad.

"Buenas noches mi amor. Que no sé donde estás tú o donde estoy yo."

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