viernes, 13 de junio de 2014

Richard Lloyd. El destrozo del televisor (I)




Qué difíciles son las relaciones humanas. Y aún más las relaciones entre artistas en el acto de producir, en el acto de merecer lo que producen..., de soportar lo que generan.

Richard Lloyd (por no hablar de los guardaespaldas, Billy Ficca y Fred Smith, ni del miembro original, Richard Hell); Richard Lloyd, digo, salió malparado del choque con Tom Verlaine. Y sin embargo, se ha conseguido sostener a lo largo de los años; ha conseguido emitir una suerte de luz oscura que atrapa y encandila. Él mismo lo explica todo: cómo el encuentro formidable hizo que dos genios se complementaran; cómo el ego de gigante hizo que se separaran; cómo la posteridad machaca al artista, poniéndole a prueba.

A continuación, vean (escuchen) la maravillosa entrevista en la que Lloyd habla de todo mucho y muy bien hablado. He aquí todos los intrígulis del punk neoyorkino y de Television (desde su punto de vista). Esta es la primera parte en el tubo; son trece partes sin desperdicio. Sin desperdicio.

 

¿Que salió malparado? ¿Acaso duerme en la calle?

Pues no, pero podría haberse dado el caso. Adicto a la heroína en aquellos tiempos, luego recuperado; profesor de guitarra (presencial y on line); devoto de las «nuevas» religiones... Ah, sí, amigos, ahora entiendo por qué a Robert Fripp se le pasó por la cabeza la insensata idea de reformar Television. Son almas gemelas: Oriente y Jung han creado muchos meandros en los que estos artistas problemáticos de los que hablo se refugian, encuentran un descanso, incluso hallan la forma de reinventarse.

Las clases de guitarra de Lloyd me encantan, pero están llenas de esoterismos (sobre todo las versiones escritas de su blog que ya no encuentro en la red). Por un lado, son reveladoras; por otro, hacen necesaria una preparación intelectual media-alta. (Y su blog: ¡buah!, el kundalini le ha explotado en la frente después del descubrimiento del yoga, etc...) En fin, el hombre está pillado en la telaraña de un discurso trascendental que ha encontrado, por fin, la razón de las cosas. Felicidades. A lo mejor, si no hubiera sido así, estaría viviendo en la calle, o muerto.

He aquí el inicio de sus clases.

 

Pero el caso es que este hombre debería ser reconocido como la mitad del sonido de Television. Es algo que hay que experimentar. La escucha de los discos en solitario de los dos bueyes del carro dejan ver a las claras que Verlaine era la cabeza pensante y Lloyd la fuerza bruta. Pero también queda claro que a Verlaine le falta (a veces) el empuje de Lloyd, y a éste la paciencia del señor Miller. Me da la impresión de que Lloyd habla mucho, lee y entiende, y escribe para entender mejor; pero cuando agarra la guitarra, es un tornado (todas las palabras se le convierten en electricidad). En cambio, Verlaine piensa con la guitarra. No creo que hable mucho. Y escribe lo justo. Es cerebral.

Richard Lloyd es todo corazón. Qué grandes discos ha hecho (y qué mediocres parecen bajo la sombra del mito). He aquí la demostración de que se considera a sí mismo un discípulo «de segunda mano» de Jimi Hendrix.

 

Y aquí su genuina aportación a la sombra de la televisión. (Es decir, que se nota en este tipo de canciones que él era quien dibujaba las espirales, mientras que Tom trazaba las perpendiculares.) Es una canción de su segundo disco, Field of fire (1985), vertida al directo muchos años después.

 

 ¿Y qué me dicen, de esta gema de su primer disco en solitario, Alchemy (1979)?

 

Son disparos de gran precisión a ninguna parte. Me explico. Grandezas que no acaban de ayudarse entre sí; grandezas mediocres, porque este tipo parece tan buen tipo que toca de escudero de sus amigos y no les pide nada a cambio (cosa poco recomendable para quien quiera ser realmente grande, al menos tan grande como el ego de esos que se dicen grandes: estoy pensando en Prince).

 

 Richard Lloyd no tiene, creo, la suficiente fe en sí mismo, ni la decisión. Ha ido a remolque de su compañero casi hasta el final. Y lo ha hecho de manera leal. Por cierto, qué grande puede ser Bob Dylan más allá de Dylan. (Sí, él solo a veces también es genial.) He aquí a la Television en una versión merecidamente vieja (no me parece bien lo de ahora, lo de poner a Jimmy Ripp como si nada, como si se pudiera reescribir la historia: ¿Qué es eso de tocar el Marquee moon sin Lloyd?).

 

En fin, ¿se pude soportar tanta fuerza? Escuchen, escuchen. El señor Lloyd saltando los trastes como un mono. (¿Qué buen disco su The Radiant Monkey!)

 

En fin, ahora de verdad en fin, ¿he convencido a alguien de que vale la pena nadar por las aguas de Richard Lloyd? Al fin y al cabo, no está tan mal esa «dorada mediocridad» en la que se ha instalado, diciéndose a sí mismo que ha vivido allá arriba, con los grandes, pero que sus pasos no van exactamente por el mismo camino.

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