sábado, 22 de octubre de 2011

Hatfield and the North. Las nubes se vuelven fantasmas al atardecer



Llevo días rebuscando en una larga lista de discos sobre los que escribir y hoy estaba decidido a hacerlo sobre el excepcional “Rattlesnakes” de Lloyd Cole and the Commotions, cuando se me han cruzado los cielos llenos de cuerpos amontonados de la portada del primer disco de los Hatfield and the North.

He pensado entonces que esta tarde de otoño parecía adecuada para la música Canterbury como aperitivo a los Commotions, y la he comenzado oyendo este disco en el que justo antes de comenzar la cara B repiten lentamente el nombre del grupo, casi riéndose de su segura falta de éxito, conscientes de que su música no es para el gran público y que su grabación va a quedar arrinconada en la marabunta de la historia de la música del siglo XX.  Un disco en el que en el preludio de “Shaving is boring” abren y cierran puertas, de forma precipitada, buscando una canción para continuar, dejándonos entrever fragmentos de canciones que surgen de forma equivocada por los quicios hasta que dan con la adecuada.

Todavía está sonando la suave voz de Richard Sinclair en “Licks for the Ladies”, mientras pienso que no me siento inspirado para describir adecuadamente este maravilloso disco, en el que las canciones se suceden sin solución de continuidad, impidiéndote saltar ninguna porque no aciertas con sus límites, obligándote a su escucha de un tirón, esperando atenta y ansiosamente la aparición de esos coros  de las “Northettes” que actúan como un instrumento musical más, como en “Lobster in cleavage probe”. He intentado volver atrás para revisar algún pasaje y me he encontrado oyendo de nuevo, sin remedio, todas las canciones del anverso o del reverso.

Un disco en el que los títulos son tan “interesantes” como “Shaving is Boring”; “Big jobs”; “Gigantic land crabs in earth takeover bid” . De tal forma que no he conseguido recordar ninguno nunca, pero del que me sé de memoria todos su pasajes musicales. Como el vibrante momento en el que tras las voces de Robert Wyatt en “Calyx” aparece Barbara Gaskin  en “Song of There’s no place like Hometown” (¡Toma título interesante!) utilizando su voz como una espada, obligándote a encoger el cuello para evitar el contacto de su acero cada vez que gira como un molinete rodeando tu cuerpo, transportándote hasta la carcajada final del grupo que cierra la cara A, seguros de ver la cara de tonto que se te ha quedado tras hacerte hervir a fuego lento tantos sentimientos con su música.




Un disco que me siento incapaz de describir mientras va cayendo peligrosamente la noche y se van adicionando a su audición espectros (como los de la portada) que, a mi alrededor, comienzan a danzar al ritmo de las notas un hipnótico ballet de recuerdos de hojarasca crujiendo bajo mis pasos, de aroma a castañas asadas, de leña ardiendo en una pira. Ahora ya es inevitable, la oscuridad vence de nuevo a la luz, suena el teléfono en “Fol de Rol” y los aparecidos te cantan el estribillo mientras cuelgas de forma precipitada. Creías haber escapado y te han vuelto a encontrar.

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