sábado, 1 de junio de 2013

Los Madison. En los teatros del Canal. Si no triunfan es que no nos los merecemos

Cada vez que veo a "Los Madison" en directo siento vergüenza ajena. Soy incapaz de entender que la sala no esté llena. Me pregunto donde se ha metido la gente. ¿Qué les pasa? ¿Por qué no vienen? ¿Dónde están los afamados críticos de las revistas rockeras? Debe ser que están ocupados en la presentación de cualquier producto novedoso con etiqueta "indie" o deben estar escribiendo un nuevo libro sobre un cantante consagrado que hace años que vive relajadamente en un rancho a costa de los beneficios de alguna dudosa obra de rock maestra, o quizás recuperándose de la resaca del Primavera Sound.

Yo a la que los veo anunciados compro con anticipación las entradas, siempre pienso que se van a agotar y más teniendo en cuenta lo asequible de su precio. Y ya van tres veces que se repite lo mismo... La gente acude a medias, aquello no se llena, y se me pone cara de tonto al llegar y ver que no hay cola...Y pienso (y temo) que ellos se van a hartar de nosotros, de que no les hagamos caso, que van a poner cara de desespero, de no entender nada, que van a salir a cumplir y poco más. Que se van a cortar la coleta y lo van a dejar.

Y a ellos les da lo mismo, empiezan a tocar y derrochan sinceridad y ganas, verdadero y puro rock and roll, sin malabarismos verbales ni zigzagueos. Sacan ese repertorio de canciones cantadas a voz en grito en las barras de los bares, en los "vertederos de amor" donde se desangran los poetas con los ojos deformados a través de los cristales de las copas. Y sudan de verdad arrancando las notas de los instrumentos y a Txetxu se le ingurgitan las yugulares de potencia, porque tiene una voz superlativa, es de esos cantantes que imponen su voz a la del público más vociferente. Y saltan a tocar sin miedo entre el público, incluso cantan "a capella". Y les da lo mismo que seamos diez, quince o quinientos. Ellos han venido a disfrutar, a sincerarse, a ofrecer sus emociones sin esperar nada a cambio, a intercambiarlas generosamente con los que allí estamos.

Para postre son unos individuos llanos, del pueblo, se paran a hablar con cualquiera, agradecen cualquier gesto de ánimo y se les ven las caras satisfechas al salir del escenario. Y no parece que estén dispuestos a rendirse.

Cada vez que salgo de la sala pienso en no decir nada, en no contarlo, en que sigamos disfrutando sólo unos pocos de esos conciertos memorables, mágicos. En que si se hacen demasiado conocidos se pueden malear entre las manos de tanto gañán de este mundo musical, en que pueden perder frescura entre canapés y copas,  agotar sus hormonas entre "groupies" bien dispuestas, porque con el estómago bien lleno y vaciadas las glándulas genitales es difícil escribir canciones veraces y salir a la aventura a la carretera.

Pero ellos no tienen culpa de nuestro desconocimiento, inisiten en desasnar a los auditorios, no tiran la toalla. Se tienen bien ganado su dinero. Por lo tanto es nuestra obligación mantenerlos, no dejarlos en la cuerda floja, que no tengan las "horas contadas". Merecen sobradamente un público así que sólo falta que nosotros hagamos  los méritos. Si no triunfan es porque no nos los merecemos.

No esperéis a que sean historia para comprar sus discos o para ir a verlos. Que no os lo tengan que contar más. 


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